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15 de septiembre: la patria de Quevedo y Magritte

  • 15 sept 2021
  • 3 Min. de lectura

La bandera nacional sirvió de señera durante el paro nacional del #29J. Foto: F. Garrán

Nací siendo extranjero. Tal cual. Quizás me habría quedado mejor la denominación de “criollo”, porque bajo los términos clásicos es lo que soy: el hijo de un peninsular nacido en la América española. Cierto. Pero en Guatemala hace tiempo que tal palabra dejó de correlacionarse con tal definición. Criollos hay muchos, muchísimos. No en número total, pero sí en peso relativo. Pero estos criollos modernos no son hijos de colonizadores llegados de ultramar, sino de los herederos del caballero de Quevedo.

(Don Dinero, claro).


Así que me siento más cercano a la condición de extranjero, y a mi casa siempre la vi como el búnker de un colectivo en el exilio; un intento de mantener las cuestiones propias de la patria, pero en el que la permeabilidad de las paredes hace imposible que no se filtre lo que ocurre, lo que se celebra en el entorno más próximo.


Me resulta curioso pensar cómo ese intento no planificado de burbuja me conecta, de alguna manera, con las dos modalidades de criollo: el hijo del extranjero y el vástago de la clase pudiente. Porque esta vive así: en un domo, alienada de un país en el que más del 90% de la población vive bajo el umbral de la pobreza, que cuenta con la tasa de desnutrición crónica más alta de América Latina (49%), que tiene una proporción de 15 homicidios por cada 100 mil habitantes (año 2020).


Voy más allá: según el censo poblacional de 2018, el 43.75% de los guatemaltecos se identifica como “de origen indígena”. A los indígenas, la pobreza les afecta en un 75%; al resto, en un 36%.


Dentro de la población indígena, el 58% padece desnutrición crónica. Entre los demás, el 38%.


Y eso que son la mitad.


Y eso que, en teoría, todos comparten patria.


Cuando era pequeño no entendía el título del libro de Severo Martínez, La patria del criollo.


No lo entendía, primero, porque nunca lo leímos en el colegio. Vale que era un colegio extranjero, pero me consta que no se acostumbra a asignar en las aulas.


Luego porque ¿qué quería decir, si cuando jugaba la selección de fútbol todos se ponían la bicolor, y el 15 de septiembre se hacía el mercadito para los niños?


Justo eso.


Nací como extranjero, y el 15 de septiembre no lo sentí, nunca, como mi fiesta. Me parecía un día alegre: era asueto y justo el día anterior se organizaba en el colegio un mercado de comida y artesanías típicas, a los más chicos les ponían un atuendo teóricamente autóctono.


No lo sentí, nunca, como mi fiesta, pero cada vez me cuesta más entender cómo podrían sentirlo, como tal, las personas con las que crecí. Al final lo que aprendíamos es que la patria era dejar de pensar, un día, que una garita de vigilancia, varios seguratas en cada puerta, traslados en auto a todas partes (y por todas partes me refiero solo a la periferia más acomodada de la capital), el cole de pago, la salud privada, las vacaciones en Florida, el agua para derrochar, la energía eléctrica sin cortes, la refri llena, los libros en el estante, sobre la tele, junto a la consola; los tenis para el fútbol, y los de running, los casuales y los básquet; el teléfono de última generación y alguien al otro lado de la línea dispuesto a contestar, es lo que configura nuestro país.


Y el problema es que aprendíamos que la otra parte del país era ir al mercado vestido, teóricamente, de autóctonos, escuchar marimba, comer rellenitos y cantar el himno con la mano derecha en el pecho. Algunos con el gesto militar.


Nací como criollo, aunque en su patria prefiero ser extranjero, porque nunca me ayudaron a sentirla como propia, porque “propia” solo podía ser de ellos. Al resto se le vendió una idea, pero el dibujo de una pipa jamás será una pipa.

(Pintaría Magritte, claro).

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