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La patria de las banderas

  • 9 ago 2021
  • 3 Min. de lectura

La bandera bicolor de Guatemala ondeó frente al Palacio Nacional el #28N. Foto: F. Garrán

“Vale más cualquier quimera que un trozo de tela triste”. No suena Drexler por las bocinas de mi auto pero podría hacerlo, porque el uruguayo me gusta mucho, y tanto más me dicen sus letras. Alguna de ellas bien pudo nacer de observar una escena como la que tenía al otro lado del parabrisas.


En un paso a desnivel, que más que agilizar el tráfico lo que provoca es un retroceso mental sobre la percepción de en qué época vivimos, cuatro banderas, altas, desiguales, sucias, ondean marcando territorio. A un lado del puente, Santa Catarina Pinula; al otro, Fraijanes. ¿Importa? Muy poco. Mismo departamento, misma región militar, mismo país, misma clase socioeconómica: una mezcla de pobreza periférica que sobrevive en laderas con clase meda-alta esnob que pernocta, sin hacer vida, en sus feudos modernos.


Cuatro banderas. La de Guatemala junto a la de Santa Catarina Pinula… junto a la de Guatemala que está junto a la de Fraijanes. Altas, desiguales, sucias. Trozos de tela destinados a representar un sentimiento de pertenencia, inexistente, eso sí, para una gran parte de sus habitantes que solo vieron en dichos municipios un sitio en el cual poder encerrarse de una de las urbes más violentas de América Latina y vivir en una casa con patios, frontal y trasero, como los de los suburbios gringos de las pelis.


Wilton Berreondo y Sebastián Siero. Los dos son alcaldes primerizos, de partidos urbanitas de derecha conservadora (Humanista y Unionista, respectivamente) y, aunque saben que sus cascos centrales están bastante alejados del sitio, negar que es una zona de renta alta (y, por lo tanto, de importante peso electoral para ellos) es imposible. Sumado a ello, la frontera se vuelve triple, con San José Pinula un par de kilómetros más adelante.


No es raro ver, pues, patrullas de tres cuerpos policíacos distintos patrullando en una ruta que dice ser carretera nacional, soporta el tráfico de una avenida principal, pero que más parece un camino vecinal. Todo por marcar el territorio.


Lo mismo que las banderas.


una discusión sobre quién la tiene más grande (el asta, el asta)

Avanzo, de a poco, por el auxiliar de la derecha. Giro la cabeza, la velocidad me lo permite. Ahí mismo, otro par de banderas: la tricolor verde-blanco-rojo fraijaneca y, otra vez, la de Guatemala. Estas son más bajas, aunque igual de desiguales, igual de sucias, a menos de 100 metros de sus hermanas.


Cuando llegó mayo de 2020, dos meses después de que se anunciara el primer caso de covid-19 en el país; dos meses después de que se decidiera, a modo de evitar los contagios, cerrar casi toda la actividad económica de Guatemala, hubo una bandera que se llevó todo el protagonismo en ese mismo lugar.


Cada ejemplar tenía formas y tamaños distintos, pero el color y el significado eran el mismo: blanco, como la clásica de rendición; pero sus portadores no renunciaban a la lucha; en cambio, la levantaban en señal de que su estado los había dejado a la deriva. A un país en el que el 90% de su población vive bajo algún tipo de pobreza quítale la posibilidad de trabajar sin ofrecerle, a cambio, un paracaídas social, y lo que provocas es un homicidio en masa.


Esas banderas no eran, pues, de alguien a punto de rendirse, sino de resistencia.


Resistencia a morir.


15 meses después, muchas de esas señeras siguen agitándose al viento. En tamaño opacadas por esas banderas territoriales propias de una discusión sobre quién la tiene más grande (el asta, el asta); en mensaje, emiten el más ruidoso.


Si las banderas están hechas para englobar una identidad, ambos casos lo hacen, en conjunto, a la perfección. La élite política y económica y sus cachivaches brillantes y pomposos que les hacen sentirse en un sitio de, cuanto menos, “segundo mundo”, buscan opacar la realidad de un pueblo que es, ante todo, pobre, hambriento y olvidado.

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