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#8M(uros)

  • 14 mar 2021
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 26 mar 2021

Sala hípetra


Recuerdo que hace algunos años, en una recóndita esquinera en mitad de una cuadra del Centro Histórico, instalaron una estatua de la Virgen. Era, en realidad, una especie de altorrelieve en la pared.


Recuerdo que alguna vez, o más de alguna vez, la vi, y que pensé con gracia el motivo de ella.


Lo que no recuerdo es dónde está, porque, en realidad, es intrascendente.


Pero para muchos era importantísima. Tanto que les cambió un mal hábito con siglos de antigüedad: el de mear las paredes.


La imagen es bastante simple, tosca, burda… difícil de retener en la memoria por su falta de encanto, pero temida por aquellos que poco logran retener en sus vejigas.


En un país analfabeta frente a las normas escritas, y en el que el sentido común es, casi siempre, una extrañeza, quienes buscan mantener el control suelen recurrir al misticismo y la imaginería. No a la religión, porque eso supondría un profundo conocimiento espiritual y moral, sino a la parte simbólica de los cultos. A las glorias tangibles que dicen evocar a un dios conocido y aceptado mediante la fe.


Porque más importante que ser buena persona es que te vean yendo a la iglesia.


Más valiosa es la limosna que resuena con eco en el templo que aquella mano que pudieras tenderle al prójimo que ignoras.


En un país analfabeta frente a las normas escritas, y en el que el sentido común es, casi siempre, una extrañeza, quienes buscan mantener el control suelen recurrir al misticismo y la imaginería.

Tiene más peso recitar los mandamientos de memoria que ponerlos en práctica.


Un “amén” escrito sobre un idílico fondo como story de Instagram te garantiza el cielo que pelear por una historia más justa no lo hace.


. . .


Esta es una crónica cargada de opinión



El #8M en Guatemala, sin ser una fiesta, arrancó en la víspera. Foto: Felipe Garrán


-Llevate tu casco que están cayendo pijazos.


Desde noviembre, en la redacción se volvieron un elemento más los cascos. Nada pretencioso: algunos de skate, otros de béisbol, todos ellos comprados en alguna paca de los límites de la Zona 1.


Estaba convencido de que ese domingo por la mañana no haría falta. Era un día de reivindicación, no de violencia; y la única razón por la que se llama lucha es porque, incomprensiblemente, aún hay un sector demasiado grande de la población que se resiste a aceptar la lógica y la humanidad que existen en la igualdad.


Era siete de marzo, pero el ambiente era de ocho.


No era una fiesta, sino una causa.


Estaba convencido de que ese domingo por la mañana no haría falta el casco, pero las noticias que llegaban a la redacción desde el exterior, y que se metían en nuestras pantallas a través de informaciones tendenciosas en formato de 240 caracteres y trinos sugerían que las probabilidades de requerirlo no eran remotas.


Lo amarré a la mochila, más por dejar tranquilos a los compañeros que no saldrían a las calles.


El Estado opresor es un macho violador.

El Estado opresor es un macho violador.

El violador eras tú.

El violador eres tú.


La letra nació en Valparaíso, pero la fuerza y convicción con que sonaba frente a la Rectoría de Santa Clara era (o debía, imagino yo) la misma, porque quienes la entonaban creen en ella, han sufrido lo que el texto denuncia, y ven en sus voces unidas la definición de sororidad y la mejor posibilidad de lograr un cambio verdadero.


El cielo de la Ciudad de Guatemala, habitualmente azul en marzo, se teñía de dos colores: morado y verde que, por un día, le quitaban al blanco de las nubes y de la franja central de la bandera el título de estandartes de la paz.


Porque eso era aquella marcha: un llamado a la paz.


A un costado, la mencionada rectoría; al otro, la iglesia de San Francisco. En las paredes de ambas quedaría evidenciada la multitudinaria marcha que acaparaba toda nuestra visión frontal.



A partir de aquí, un reto para mí: ¿cómo iba a contar, de forma justa, lo que estaba pasando si, por nacimiento, me encuentro en el lado de la historia que comete o permite la injusticia?


Complejo ¿no?



Consignas en favor del aborto y condenas contra los casos de abuso sexual que intentan destaparse pero que la Iglesia, como institución, ha encubierto copaban las paredes de los dos templos. No eran grafitis muy elaborados, sino mensajes estampados con la firmeza del hartazgo.


Esos gritos de guerra en forma de pintura sobre los muros se convertirían, en poco tiempo, en el argumento de los sectores más conservadores que, desde casa, inundaron los muros de Twitter de críticas, alegatos e insultos contras las manifestantes.


Incluso desde cuentas de medios de comunicación comenzaron a desplegarse esos comentarios.


La marcha en contra de una de las formas más deleznables y permitidas de odio comenzaba a ganarse el odio de las redes.


Como es muy difícil argumentar con solidez a favor de la injusticia, sus detractores les achacaron lo que sucedía con los muros de la Sexta Avenida.


Duerme tranquila, niña inocente,

sin preocuparte del bandolero.


La marcha avanzaba a cachos. Los colectivos sociales presentes, las asociaciones de estudiantes, las familias que se pusieron de acuerdo, todas ellas mantenían el orden. Multitudinaria, sí, pero también sensata y disciplinada. Son tiempos de pandemia, aunque a muchos se les haya olvidado.


La marcha en contra de una de las formas más deleznables y permitidas de odio comenzaba a ganarse el odio de las redes.

Por ello, la mascarilla era protagonista también, reconvertida en otra plataforma para plasmar los mensajes de protesta: moradas, verdes, consignas contra el feminicidio, el logo de los grupos presentes; la boca cubierta, pero la voz potenciada.


De repente, detenían las andadas. A los extremos, por esas aceras que, en el Paseo de la Sexta, son tan peatonales como el resto de la calle, se formaban muros de personas, resguardando lo que estaba por montarse al centro.


Ahí, un grupo de siete chicas tomo posición; otra más, al frente de ellas, tomó el micrófono. La música de fondo tomó otro ritmo y el pavimento se convirtió en el escenario de una performance reivindicativa.


El cuerpo puede ser lastimado gravemente. El cuerpo puede ser, también, la vía de la liberación.


-Solo no grabés, por favor.


Levantó el bote de espray hacia mí, pero no en tono amenazador, sino demostrativo. Y pidió “por favor”. No era cuestión de amedrentarme, sino de aclarar que lo suyo no era un arma, sino una herramienta.


Una de expresión.





Su compañera dejaba algunos mensajes pintados en el suelo. La caravana comenzaba sus andares nuevamente hacia la Plaza de las Niñas.


Terminó la performance. Regresó la música. Regresaron las consignas. Regresó el humo verde. Y el morado. Regresaron exigiendo justicia, respeto y equidad por aquellas atemorizadas en cada retorno a casa y, sobre todo, por aquellas que ya no lograron hacerlo.


Al frente, la Plaza. Atrás, una Sexta en la que la marcha sería evidente por varios días: pintadas, consignas, papeletas y carteles.


¡Vandalismo! Clamaban las redes. Twitter ardía. Facebook seguramente también. Las críticas se centraron, entonces, en que lo que ocurría ese siete de marzo era una barbarie. Que las paredes sufrían, los muros pagaban platos rotos que no les correspondían y las fachadas jamás se recuperarían de aquella vorágine de chicas pidiendo justicia e igualdad.


Lo que se olvidaban esos críticos del ciberespacio eran esos muros que a las mujeres en este país les han impuesto.


Porque las mujeres son el 52% de la población del país; son el 62.4% de los egresados de la universidad y, aún así, existe en Guatemala una brecha salarial del 32% favorable a los hombres.


Eso es un muro.


Porque escribo esto un 13 de marzo, el septuagésimo segundo día del año, y en el Ministerio Público -MP- reportan 106 casos de feminicidio.


También van mil cuatrocientas noventa y seis víctimas de violación sexual.


Esos son varios muros puestos uno sobre otro. E insonorizados, porque el común de la sociedad sigue ignorando (a propósito o no) ese problema.



Acusados de acoso sexual, como el escritor Javier Payeras, quedaron estampados en varias fachadas. Foto: F. Garrán


La única forma de sortear esos muros es con una revolución; una de pensamiento y concepción, de sentido común y comprensión.


Una de humanidad.


¿Y cuándo ha sido pacífica una revolución?


Llegó la comitiva a la Plaza. Ahí había montado un escenario. Tres raperas saltaron a escena. El público se encendió. La música movía cuerpos; la letra movía conciencias, recuerdos, ideales.


Era una expresión cívica clamando justicia.


Abajo, chicas jóvenes, mayores; niñas pequeñas y sus madres; parejas, grupos, unas con pancartas, otras con fotos, carteles, vuvuzelas, pañoletas; bengalas moradas, bengalas verdes; clamor en la mirada, igualdad como añoranza.


En la plaza no hay muros, y los resquicios que pudiera haber, los tumbaron. Con esos cánticos, sí; y antes, con un acto solemne. De cara al Palacio, en el monumento a las niñas que murieron en 2017 (un 8 de marzo, por cierto) en el Hogar Seguro Virgen de la Asunción, hicieron un ritual de ofrenda.


Justo por encima, dándoles sombra pero sin ensombrecerlas, el asta central acogía una nueva bandera: blanquiverde con un símbolo morado en medio. “La revolución será femenina” se leía en ella.



"La revolución será femenina" era el lema de la bandera que llevaron al asta central. Foto: F. Garrán


Después de un par de horas, mi compañero y yo deshicimos lo andado. Debíamos registrar los daños que pudieran haber quedado en la Sexta. Al llegar a la Rectoría de Santa Clara, la pared estaba impoluta nuevamente. La habían limpiado.


Solo habían pasado un par de horas.


El muro de la iglesia se recuperó pronto.


Mientras, la brecha salarial seguía clavada en ese 32 por cada 100, y las cifras recopiladas por el MP continuaban alzándose.


Al hablar de muros, hay que ver de qué muros hablamos. Porque estos, los reales, no se salvan erigiéndoles una estatua como protección.


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