Caravana, carabina, semiótica y filología
- 22 ene 2021
- 3 Min. de lectura

La realidad, cuanto más cruda, menos entiende de semiótica; pero la semiótica, cuanto más aguda, mejor explica la realidad, porque a medida que esta se embrutece, debemos recurrir a los símbolos para darnos cuenta de que en verdad está ahí, no frente a nosotros, sino alrededor.
Y adentro también.
Unos nueve mil lo intentaron. Nueve mil que ya no pudieron más, y que por eso tuvieron que plantearse ir más allá; más allá del descampado que los cubrió, de las calles que los encerraron y del estado que los convirtió en apátridas en una tierra que ellos trabajaron pero que otros disfrutaron.
Era la caravana.
Aquí los detuvieron. El muro de Trump que pagó México, pero también Guatemala, y Honduras, y El Salvador, y para el que ninguna empresa tuvo que competir por la licitación porque se le asignó a la factoría más confiable: la de los vasallos canallas.
Con los que venían compartían apellidos, rasgos, historias, contextos y, muy probablemente, perspectivas. Nada más les diferenciaba un uniforme.
Y una carabina.
Esa arma que en Italia da nombre a una de las fuerzas del orden más respetadas y que en América Latina, tras su paso por Chile, en donde quedó ajustada en el cinto de uno de los cuerpos de defensa más sádicos del continente (al servicio del coronel Ibáñez del Campo en su origen) se ha convertido en sinónimo de terror.
No por nada a Gendri Reyes, actual ministro de Gobernación de Guatemala, le apodaron “carabinero” tras la represión policial que aplicó contra las manifestaciones pacíficas del 21 de noviembre en la Plaza de la Constitución.
Gas lacrimógeno contras mantas y consignas.
La carabina viene del francés carabine, que era el arma de los cuerpos de caballería. Aquí, sin embargo, a falta de bestias para montar, se dispusieron a tratar a los migrantes como animales.
Y la filología que nos explica eso se va fundiendo con la semiótica al conocer el nombre del escenario.
Vado Hondo.
Un vado es, en un río, el sitio por el que se puede cruzar.
También es una tregua.
Y por eso Guatemala es parte del camino de tantos migrantes: porque es ese punto suave de cruzar antes de entrar en el salvaje México.
O era.
Y es una tregua con el inclemente destino de quien abandona todo por llegar a un sitio que desde antes de conocerlo ya quiere deshacerse de él.
O era.
Era un vado, hasta que la Frontera Sur (en mayúscula, porque los gringos creen que es la única que existe) se desplazó al norte del Centro.
Ese es el panorama.
¡Plas!
Una foto, del crack Esteban Biba, de la Agencia EFE.
A un lado, los migrantes, protegidos por un trapo que bien refleja a la figura que los dejó desamparados; la bandera hondureña, ajada, sucia, arrugada, pero común a todos ellos y, por lo tanto, el símbolo de la unión.
Al otro, los parientes de migrantes, hoy vestidos de policías represores. En el antebrazo derecho, la bandera guatemalteca, tan limpia como las autoridades pretenden tener sus manos de cara a Estados Unidos: higienizadas a fuerza de frotar con la carabina.
Al centro… ¿qué hay al centro?
Es un niño, vestido de rojo, que alza la cabeza para ver a los ojos a un oficial que se adelanta. Un niño que hace de parteaguas entre ambos grupos enfrentados. Un niño que podría llamarse Aylan, pero que, menos mal, no es así, porque el pequeño kurdo se convirtió en símbolo cuando su prematurísima muerte en las costas turcas le dio la vuelta al mundo.
Él, el chico de rojo, se convirtió en símbolo cuando su reacción nos recordó la verdadera naturaleza del migrante: alguien que no teme a quien está enfrente, porque nada le debe, pero que se ve obligado a embarrarse los pantalones y no mirar atrás, porque en el pasado hay un mundo que lo único que no le ha quitado es la vida.




Comentarios