Del fútbol y otras luchas de clases
- 9 feb 2021
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-Then let us compete!
Vestía de dandi dentro de un palacete de Eton (cercano a Windsor), pero el reclamo que hacía daba fe de otro origen. En su pasado mediano, albañil en su natal Glasgow, hijo de un borracho empedernido y de una víctima de violencia machista (claro que, si nos cuesta entender ese concepto en pleno 2021, imagínate en el siglo XIX…). En su pasado reciente, estrella del fútbol, a sueldo, en el norte de Inglaterra.
Sobre su boca, un bigote a lo Panenka, aunque siendo fieles a la cronología, sería más propio decir que Antonín lo llevaba como él. Adentro de ella, un reclamo tan antiguo como la historia misma, y tan reciente como el debate entre quién es mejor: Messi o Ronaldo*, que surgía con un acento de tan al norte en Gran Bretaña que ya no se acogía a la cruz de St. George sino a la de St. Andrew.
-¡Déjanos competir!
Y, tras pelearlo, les dejaron.
La cuestión es, ¿de qué estoy hablando? ¿Por qué tuvo que ir Fergus Suter “the Shooter” hasta la casa de Arthur lord Kinnaird para conseguir ayuda para hacer frente a la Football Association -FA- que pretendía descalificarlos de la final del torneo de balompié más antiguo del mundo? ¿Qué hizo el ficticio Blackburn Football Club para que los niños pijos del sur de Inglaterra no quisieran verlos sobre el verde?
Una respuesta que resuelve, de alguna manera, todas esas preguntas, sería: porque aquello no era sobre fútbol.
Era sobre mantener el establishment a placer de las clases dominantes.
Para que estemos en sintonía, lo que acá escribo lo hago partiendo de la serie de Netflix The English Game, la cual, aunque sí está basada en eventos históricos, se toma algunas licencias en pro de la ficción.
El fútbol
-Nosotros le dimos las reglas, pero el juego no es nuestro.
Eran las últimas décadas del siglo XIX y en las Islas Británicas, cabeza de un imperio que aún tenía ese título de manera oficial (antes de presentar su versión light con la denominación Commonwealth) los hombres de las familias nobles pasaban su tiempo libre, ese que no ocupaban en los despachos de bancos o de corporaciones transoceánicas (o en cócteles y cenas con gente de su calaña), pateando un balón esférico junto a otros diez que vestían igual que ellos, para introducirlo en un marco de tres postes, todo ello durante 90 minutos.
¿El objetivo? El trofeo plateado de la Asociación, la FA Cup.
¿Quiénes gobernaban la Football Association? Los caballeros de las familias nobles, egresados de los colegios más exclusivos del sur de Inglaterra.
¿Quiénes formaban parte de los clubes de fútbol más exitosos, aquellos que llegaban siempre a las últimas instancias de la FA Cup? Los caballeros de las familias nobles, egresados de los colegios más exclusivos del sur de Inglaterra.
...Segunda Revolución Industrial, lo que significaba avances para la humanidad a costa de deshumanizar el proceso de producción (gracias a la esclavitud indoor asalariada)...
¿Quién era Fergus Suter? Un albañil escocés que jugaba para el Partick hasta que un industrial de Darwen (Lancashire), dueño de la empresa papelera local, se inventó algo que no dejaría de rechistar en los oídos de los engominados patriarcas de la Asociación: el profesionalismo en el fútbol.
James Walsh le ofreció a Suter y a su amigo Jimmy Love un sueldo a cambio de jugar al fútbol para su equipo, el Darwen Football Club.
El club era una escuadra de obreros: todos los jugadores eran empleados de la fábrica del señor Walsh, estaban en plena Segunda Revolución Industrial, lo que significaba avances para la humanidad a costa de deshumanizar el proceso de producción (gracias a la esclavitud indoor asalariada); eran vecinos de ese pequeño pueblo en el norte de Inglaterra y tenían al fútbol no tanto como una actividad de recreación, sino de desahogo de ese martirio al que llamaban vida, marcada por jornadas de 12 horas y sostenida por un sueldo apenas superior a la limosna.
Que a alguien le pagaran por jugar no lo concebían; seguro que era el sueño de la mayoría, pero un sueño inalcanzable, improbable e imposible de alcanzar por alguno de sus compañeros de vestidor.
En la FA tampoco vislumbran el pago por jugar; a fin de cuentas, ellos eran banqueros, empresarios, terratenientes o estudiantes de instituciones de la más alta alcurnia. ¿Para qué necesitaban un sueldo por su momento de ocio?
Decidieron, pues, reglamentar que no se podía pagar a los jugadores por el hecho de pertenecer a un equipo.
Pero, como dijo lord Kinnaird, “nosotros le dimos las reglas, pero el juego no es nuestro”.
Suter y Love cambiaron Darwen por Blackburn en su segunda temporada en tierras inglesas, pero el concepto era el mismo: un patrón industrial les pagaba por que ellos jugaran al fútbol bajo sus colores. Hizo lo mismo con otros tres hombres, y su equipo llegó a la final de la FA Cup.
Los lores, dueños de la Asociación, no tenían cómo demostrar que el profesionalismo era una realidad; pero más allá de ello, les preocupaba que pudieran ser derrotados por un equipo de obreros.
¿Qué hicieron? Buscaron ganarles en los despachos con otro evento que no venía al caso: un enfrentamiento entre hinchas de Darwen y Blackburn durante un amistoso. Les acusaban de promover la violencia, y que por ello debían ser descalificados de la copa.
Y aunque el juego no fuera de ellos, pretendían su exclusividad a partir de las reglas.
Y ahí ya no hablo solo de fútbol.
Cuando Suter fue a defender su causa ante la high-class del sur, expuso que ellos debían trabajar arduas jornadas, no siempre tenían para comer y, cuando sí tenían, no eran platillos especialmente nutritivos; tenían preocupaciones que les imposibilitaban centrarse en el fútbol como sí lo hacían los grandes clubes, y que por eso el profesionalismo de algunos no debía ser un pecado, sino una forma de, siquiera, acercarles un poquitín al equilibrio de la balanza.
Let us compete!
Nuestra lucha de clases
Aparquemos un momento el fútbol y cambiemos de siglo y continente.
Guatemala, 2021.
La Organización de las Naciones Unidas, a través de su Programa para el Desarrollo -PNUD-, elabora el Índice de Desarrollo Humano -IDH- que evalúa tres dimensiones básicas para las personas: una vida larga y saludable, el acceso al conocimiento y un nivel de vida digno.
De 189 países evaluados, el año pasado quedó en la posición 127.
Vamos paso a paso.
De acuerdo con Acción Contra el Hambre, el 49% de los guatemaltecos sufre desnutrición. Algunas zonas, como Chiquimula, se presentan con números todavía más alarmantes: una tasa del 80% con esta lacra.
En ese apartado, solo Haití conoce peores cifras en América.
El 62.4% de los guatemaltecos vive en pobreza media, el 29.6% en pobreza extrema y el 3.36% en pobreza severa.
No parece, pues, que la vida del guatemalteco sea saludable, con lo que larga tampoco resultará.
Conocimiento. El promedio de escolaridad de los guatemaltecos, según quedó recogido en los informes del PNUD en 2018, es de 6.1 años; es decir, la educación media de un chapín es cerrar la primaria, y nada más.
Ahí quedamos empatados con Honduras al fondo de la clasificación latinoamericana. Por poner otras referencias, en Costa Rica la escolaridad promedio es de 8.8 años, y en México de 8.6.
Si nos comparamos ya con los países de Primera División, en Alemania promedian 14.1 años.
Finalmente, el nivel de vida digno.
Dicen los letrados de la ONU que la pobreza tiene una incidencia del 90.6% en nuestro país: el 62.4% de los guatemaltecos vive en pobreza media, el 29.6% en pobreza extrema y el 3.36% en pobreza severa.
Esos números, fríos como ellos solos, lo dicen todo.
¡Déjennos competir!
Definitivamente la calificación que obtuvo Guatemala en el IDH no refleja el nivel de vida que he mantenido durante mis 22 años aquí. Digo, estoy escribiendo estas líneas en una portátil mientras escucho a Lang Lang, cuando hay un 10% de gente en el país que no tiene acceso a la electricidad.
Instagram me dice que hace justo un año me gradué de la universidad, un nivel de educación solo al alcance del 2% de los guatemaltecos, y que supone que he estado en las aulas 19 años.
Recuerdan el promedio que di arriba, ¿no?
Tengo un trabajo formal, a diferencia del 70% de la población económicamente activa del país, y puedo permitirme el lujo de estar tomando mate en este momento.
Menciono eso último como lujo, pero la verdad es que, si comparamos este subtítulo con el anterior, casi todos parecen lujos, porque a mí me ha tocado crecer en el mundo de los directivos de la FA, pero cada día veo a mi alrededor a cientos y miles de personas que lembran a los compañeros de equipo de Fergus Suter.
Salgo a correr y el jardinero del condominio tiene a sus dos hijos (uno no llega a la adolescencia, siquiera) trabajando con él. Me detengo en un semáforo y un pequeñín, que no hará ni siete años aún, está pidiendo una ayuda. En la Plaza veo lustradores con mi edad o menos que en su vida habrán visto más suelas que letras en un libro de texto.
Los miro y pienso que ellos jamás podrán estar en el mismo torneo que yo, y no estoy diciendo que absolutamente todos deberíamos estar en la misma competición, hasta en el fútbol hay divisiones; pero estas deberían estar marcadas por el esfuerzo partiendo de una base común de posibilidades: educación universal, salud pública, acceso a una vivienda y alimentación garantizada; desde ahí, cada uno podría ir formando su escuadra según las decisiones que vaya tomando.
Pero que la línea de partida sea la misma.
¡Hay que dejarles competir!
Porque la cúpula que busca mantener el régimen colonial, disfrazado, a veces, acompañado, otras, de neoliberalismo, no es la dueña, pero sí le ha puesto las reglas.
Y se ha empeñado en que, en el fondo, el juego sí le pertenezca.
*Claro que Leo es mejor.




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