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El brazo cafre de la ley

  • 24 ene 2021
  • 5 Min. de lectura

Con pandemia y señalamientos en su contra, Mynor Moto celebró a lo grande su elección. Foto: Felipe Garrán


-Así es el trabajo -Tenía el mono enfundado y el labio reventado. Las botas gastadas, el chaleco reflectante por encima de una camisa roja. Poco más de metro y medio, como mucho. Entrado ya en la mediana edad, como poco. Los paramédicos, presentes desde bien temprano, habían tenido su primera tarea ya con la noche encima. El cielo estaba descubierto; debía ser más difícil contar las estrellas que se divisaban desde la Zona 13 de Ciudad de Guatemala que los votos que, poquito a poco, habían entrado en las urnas a lo largo de la jornada.


Tenía el labio reventado, y cuando nos contaba qué había pasado, lo primero que le salió fue responder un “así es el trabajo”.


-No debería serlo -Se lo dije buscando complicidad en el paramédico que lo atendía, quien me acompañó con un “por supuesto que no”.


Por el hall se paseaban algunas personas de ropas elegantes y nerviosas expectativas focalizadas en sus teléfonos. “¿Ya terminó el conteo?” “¿Ya hay ganador?” Se preguntaban los unos a los otros, mientras WhatsApp, Twitter y la “novedosa” Telegram les devolvían la mirada desde las pantallas.


Adentro, una elección, la de quién sería el nuevo magistrado de la Corte de Constitucionalidad nombrado por el Colegio de Abogados y Notarios de Guatemala -Cang- para completar el período 2016-2021. Bonerge Mejía, el último en ocupar esa silla, falleció en septiembre de 2020.


Al máximo tribunal del país también llegó la covid-19.


De aquí a que culmine el período actual quedan menos de tres meses, un lapso que, bien (aunque quizás para como funciona este país quedaría mejor decir “mal”) utilizado, puede convertirse en una precampaña para engancharse, de una vez, a la siguiente carrera electoral.


Qué difícil decisión: en una esquina, Mynor Moto; ese juez que tiene tres solicitudes de retiro de antejuicio en su contra; que, en distintos casos, ha beneficiado a cromos de la talla de Blanca Stalling o Felipe Alejos (a quien evitó que le quitaran la inmunidad); que tiene su nombre vinculado al Libramiento de Chimaltenango porque decidió que no se persiguiera al hoy prófugo José Luis Benito, exministro de Comunicaciones; que le quitó de encima cinco delitos al multiseñalado patrón de Chinautla, Arnoldo Medrano; y que ha sido señalado de obstruir a la justicia en favor de Gustavo Alejos y sus compinches que buscan un puesto en la Corte Suprema de Justicia.


En la otra, Estuardo Gálvez. El rector entre los candidatos; el más metido en política (siendo esto algo negativo) de los rectores. Señalado de haber adjudicado obras con sobrecostes durante su estancia en la mayor de las oficinas de la Universidad de San Carlos de Guatemala. Pillado visitando a Gustavo Alejos (el comodín) cuando este guardaba prisión en un sanatorio de la Zona 2.


No son púgiles, porque ese combate se gana a golpe de cartera y nombramientos; pero al conserje del comienzo del relato le pudo parecer que sí lo eran.


Tenía el labio reventado. Y sangre manando de él.


-Dos licenciados (con esa manía chapina de llamar a la gente por su título; sobre todo a abogados e ingenieros) comenzaron a discutir, parece que ya se iban a dar, y él se metió a pararlos y le cayó el golpetazo.


Así lo explicó el paramédico. Dos abogados, en plena elección de su ente de referencia, llegaron al borde de los puñetazos.


Y el que pagó los platos que aún no se rompían fue el conserje.


Esta finca llamada Guatemala está controlada por cuatro esferas: abogados, militares, empresarios y narcotraficantes. Las últimas dos suelen entrar en una u otra de las primeras.


Esta votación lo evidenciaba.


Elección del Cang. Ubicación: Club de Oficiales La Aurora. Los “licenciados” en casa de los milicos. El exceso de guaruras y autos de lujo, además de los souvenirs propagandísticos, traían a escena a los otros dos grupos.


Pasadas las 18:30 debíamos enlazar en vivo con el noticiero. La CC está formada por cinco magistrados titulares y cinco suplentes, por lo que el nombramiento de uno de ellos es, siempre, asunto de peso.


Más aún si tomamos en cuenta que la elección debió hacerse una semana antes, el 11 de enero y no el 18, pero que los señalamientos de “falta de honorabilidad e idoneidad” en contra de los dos abogados que llegaron a segunda vuelta la aplazaron.


A punto de recibir la señal por el audífono, mi compañero en cámara me hizo un gesto. “Mirá” leí en sus ojos. Volteé.


Traje costoso, zapatos que debieron ser lustrados esa mañana, pero que el barro ya había tintado de marrón; corbata mal anudada, camisa blanca sudada; kilos de más en el abdomen, copas de más en el hígado. Apenas lograba mantenerse en pie; lo de caminar en línea recta era cosa de un pasado que, en ese momento, seguro que no recordaba. Su aliento no me consta porque yo llevaba mascarilla.


Él no, hay que decirlo.


Una escena que tantas veces he visto en fiestas universitarias o en las esquinas del Centro, pero que, en teoría, no debería darse en una elección del Colegio de Abogados. Menos si es para nombrar a un magistrado de la CC. Supongo que, en contados casos, sí somos todos iguales ante la ley.


El hombre desapareció de nuestra vista en el estacionamiento, pero con ese paseíto nos regaló una postal de cómo debían estar las fiestas adentro.


Sí, en plural: fiestas, porque cada candidato tenía un salón reservado para ello en el club de la alta alcurnia militar.


Salimos del enlace y quisimos ver en vivo los homenajes a Baco.


“No puede pasar; órdenes del dueño”, nos dijo el portero. Tenían con llave la puerta principal, y cinco guardias, al otro lado de la puerta de cristal, observaban que nadie se acercara. Algo había pasado, porque el cierre fue repentino.


Una escena que tantas veces he visto en fiestas universitarias o en las esquinas del Centro, pero que, en teoría, no debería darse en una elección del Colegio de Abogados.

Mostré el carné de prensa. “Órdenes del dueño”.


Claro que “el dueño” viste de camuflaje.


Algo había pasado.


Los paramédicos entraron a prisa. Llevaban la camilla. A ellos sí les dejaron entrar, pero por una lateral; la principal seguía resguardada como si de la Casa Blanca se tratara.


Cuando salieron traían al conserje herido.


Tenía el labio reventado.


“Así es el trabajo”.


A Gálvez le votaron 3 mil 265 de sus colegas, pero ganó Moto, con 3 mil 610. Aunque, claro, también hay que ver que el Colegio está conformado por unos 30 mil abogados.



(Aquí es donde debemos recordar que, unos días después, la Junta Directiva del Cang devolvió la certificación de Moto al Tribunal Electoral; por los procesos que tiene en su contra, el Colegio no le ha validado la elección)



Los que estaban afuera se enteraron por algún chat. Hubo gritos de júbilo, el ganador salió a atender a la prensa y luego el acceso quedó permitido.


A un lado de la piscina, bufé para los invitados, varias botellas de bebidas espirituosas de tan alto gradaje como precio. Rancheras, abrazos, zalamería y despeluque.


Al otro, un salón que quedó vacío y del que retiraban propaganda del antiguo rector de la San Carlos.


Desapercibido, viendo el derroche que la carrera entre dos personajes poco idóneos y honorables por una magistratura puede provocar, quedaba el personal del club. Esos compañeros del conserje que quedó en el punto de impacto del brazo cafre de la ley.


“Así es el trabajo”.


No debería.

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