Xibalbá bajo el puente
- 11 jun 2021
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“Sería chilero conocerte vos!!! (sic)”, en negro, sobre fondo verde fluorescente. El sticker está pegado en una de las barandas del Puente el Incienso, una vieja estructura que, sobre la superficie, conecta el centro de la ciudad con el Anillo Periférico.
La vida en Ciudad de Guatemala, la urbe más grande de Centroamérica, no arranca en donde los rayos de sol dan sus primeros besos, sino en el sitio en el que las sombras de la noche se resisten por más tiempo a dejar de abrazar.
“A veces las personas pasan y no se imaginan que hay gente viviendo aquí. Pero sí, sí habemos (sic)”. La puerta delantera de la casa de Kimberly no es más que una lámina; una lámina más, de hecho, en la fila de cinc que compone su muro.
Solo una se abre y permite el ingreso, eso sí.
Frente a ella, un caminito que en la época seca es de tierra y en la temporada húmeda es de barro. Atrás, el abismo. Arriba, una sombra. Sí, una sombra, de concreto, metal y asfalto. Es el puente. No les da cobijo porque son varios metros los que los separan; de hecho, les provoca un problema con el que pocos urbanitas deben lidiar: “Tiran botellas, tiran piedras, tiran basura. A veces hasta tiran animales”.
Tan olvidado está ese lugar que quienes habitamos en la superficie no recordamos que no es un vertedero. Lo ignoramos pensando en que jamás nos tocará caer ahí, pero de alguna manera todos enviamos un pedacito nuestro a las entrañas de la ciudad; les tiramos nuestros pecados, cuyo fétido hedor termina siendo la fragancia de esos barrios que son bajos en todo sentido.
Es el inframundo de la antigua Capitanía General; ese al que los pueblos originarios llamaban Xibalbá y que hoy responde a la palabra “hogar” antecedida por un nombre cristiano.
En la Zona 7: Santa Rita.
A esta monja agustina se le extrajo una astilla de la frente, de cuya herida salió, por el resto de su vida, un olor inmundo.
La herida es un estigma, como el que recae sobre los pobladores del asentamiento.
La pestilencia es evidente.
La astilla, según cómo se vea; para la gente del fondo, es la vida que les ha tocado; para los habitantes de la superficie, son esos vecinos a los que no conocen, pero de los que suelen escuchar en las noticias cuando comienza la temporada de lluvias y se les deslavan los callejones, o cuando la falta de agua corriente llega a un punto tan insufrible que se acercan a la Plaza de la Constitución a protestar contra oídos sordos.
Descenso al infierno
El camino hacia abajo solo puede comenzar en un punto: arriba. Ahí es donde está el sticker con el peculiar mensaje. ¿A quién va dirigido? ¿A los habitantes de Xibalbá?
No, no es para alguien que vive, sino para quien quiere dejar de hacerlo.
Los dos grandes focos de suicidio en la capital son los puentes El Incienso y El Naranjo. Ambos en esa periferia que resulta cada vez más céntrica. Ambos como buhardilla de los “barrios modernos” que no paran de crecer.

Son recién pasadas las 6 de la mañana. Mucha gente sale del hormiguero. El puente, además, es el ejemplo perfecto del caos automovilístico que son las ciudades latinoamericanas. Es poco probable que a esa hora alguien intente saltar.
Mejor, bajamos.
Stairway to hell.
Al alba
La entrada está tan oculta que parece solo al alcance de quienes en serio necesitan descender. Es la brecha entre dos muros. Un callejonzuelo con quiebre al final, hacia la izquierda. Ahí, en esa esquina, una carreta de shucos aguarda por su dueño. Parece que queda aparcada toda la noche a la espera de una nueva jornada de brasas, salchichas, chorizo y ¿chimichurri?
(Dudo ahora sobre si el shuco lleva chimichurri)
Al virar, se muestra ante nosotros: la ciudad bajo la ciudad; la vida de quienes solo la encuentran en donde otros buscan la muerte.
De a poco van subiendo sus habitantes. Son gente trabajadora. Son la clase obrera de un pueblo que los oculta; tan abajo en la pirámide que parecieran estar en el manto y no en la corteza.
Eso sí, tan solo una cosa les diferencia de los demás: la suerte, que ni la controlan ellos ni la podemos cambiar nosotros.
La suerte fabricada por quienes controlan el modelo socioeconómico en el que vivimos; ese que predica las posibilidades de ascenso pero que luego se las bloquea a cualquiera que no haya nacido en la mal llamada zona noble. Claro, para mantenerse ellos en la cumbre, alguien debe hacer de cimientos, de desagüe, de vertedero…
Los que suben van, en gran medida, con bicis o motos. Mochilas a la espalda casi siempre. Algo de abrigo, aunque hace calor. El alba se ve, pero no se siente. El sol no llega hasta abajo. Les da luz, pero no temperatura.
Las abarroterías, eso sí, siguen cerradas. Las casas, también. No se escucha ruido de niños. Normal, no hay clases presenciales, seguro que tampoco la oportunidad de llevarlas a distancia.
Preguntamos por la presidenta del comité de vecinos. Todas las explicaciones llevaban al mismo sitio: un callejón de cinc en el que nadie respondió.

“Es que ella se levanta hasta las ocho”, nos dijo una mujer. “Seguro ya se fue a trabajar”, nos explicó otra. En cualquier caso, no la vimos.
Sin problema, en Xibalbá no hay cancerbero.
Las fronteras internas
La desigualdad provocó ese paisaje, pero adentro, nada es uniforme. Las callejuelas de concreto se van convirtiendo en rampas de barro. Todas estrechas, todas irregulares. De vez en cuando, gradas; unas altas, otras bajas. Quien usa muletas o bastón debe preparar su viaje con más antelación que si fuera a abordar un vuelo internacional.
Los servicios tampoco son parejos. La gente nos lo confirma: en la parte más alta, el agua corriente y la energía eléctrica llegan. No permanentemente, ni siquiera todos los días, pero llegan.
Abajo hay tubos y contadores, pero ningún fluido que pase por ellos.
“Esto es un desprecio al campesino que solo busca un sitio donde medio vivir. Los de la muni vienen, ¿pero qué van a entender? Buena casa tienen, buena cama tienen”. Lo cuenta un hombre que hace 19 años dejó San Marcos, en el occidente colindante con México, para buscar una mejor vida en la metrópoli.
¿La consiguió?
Tiene 60 años, pero parece de más de 80. Encorvado, arrugado, lastrado por el sol. Su casa
son cuatro paredes, techo solo tiene en una sección. No recibe agua, “solo lo que recogemos de la lluvia”.
Una lluvia que puede ser tanto bendición como tragedia.
“Cuando no llueve, nos ponemos tristes, pero cuando llueve mucho, se nos viene el mundo encima”. La hija del campesino nos muestra la vista que tienen desde el no-pórtico de su no-casa.
Un río, sí, de basura, detergente, ropa, calzado, electrodomésticos, lodo, heces…
…y agua.
“De eso tenemos que sacar para tomar, porque no hay de otra”.
Todo lo que los de arriba generamos para vivir se lo arrojamos a los de abajo, como buscando que ellos no puedan.
Quizás eso nos condene al infierno.
Pero el Xibalbá ya se lo hemos creado a otros.
Bajo el puente.




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