Qué injustos que son los mundos
- 7 jul 2021
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Mochila a la espalda. El pasaporte corinto en una mano, el fólder manila bajo el brazo. Mi cuerpo decía 04:20, mi reloj de agujas, en cambio, marcaba las 06:20. “Miami es todo cielo”, escribió Martín Caparrós, pero ahí adentro, en el Aeropuerto Internacional, yo solo veía luces blancas varios metros sobre mí.
Suelo brillante bajo las ruedinas de mi maleta. Mi hermana, que pisaba territorio estadounidense por primera vez, era mi compañera de viaje. Y ahí estábamos, en el sur de la Florida, pero no para cumplir ese ritual latinoamericano clasemediero de vacacionar en el trópico del Imperio; ni la nueva costumbre española de tomar el avión para hacer las Américas en su zona angloparlante (si es que aquella lo era).
Íbamos a vacunarnos.
Porque el gobierno de Guatemala decidió, otra vez, que la salud de su gente no es prioridad, con una diferencia respecto a otros episodios de ese mal crónico que afecta al país centroamericano: estamos en pandemia, hace año y medio que la covid-19 no nos deja vivir bajo lo que entendemos como “normalidad”. 9 mil 500 chapines han muerto por tal enfermedad. La economía se cayó.
Pero no, para el presidente Alejandro Giammattei nunca fue importante traer vacunas. Por eso demoró 10 días la aprobación de la Ley para el Financiamiento y Adquisición de Vacunas contra el Coronavirus SARS-CoV-2. Por eso tan solo le compraron a un proveedor: Rusia y, encima, bajo un contrato del que, a medida que se conocen más detalles, más huele a corrupción.
Por eso las primeras dosis que entraron fueron una donación de Israel; las siguientes, una donación de India. Ahora, esperamos por una donación de Estados Unidos, luego de que arribara ya una donación de México.
Por eso mi hermana y yo recurrimos a la opción para los privilegiados. Porque, hay que aceptarlo: en un país en el que el salario mínimo es de US$360, en el que el 70 por ciento de la población labora en la informalidad, en el que el 90.6% de la gente vive bajo algún nivel de pobreza, pagar el viaje a Estados Unidos y la estancia ahí no es sino para unos pocos privilegiados.
Bajas del avión. Pasas migración. Pasas aduana. Recoges la valija. “Excuse me, where’s the vaccination point?” “D’you speak Spanish?” “Yes.” “Ok, ehtá juhto detrás de la puelta. No te pieldes”.
Dos filas: a la izquierda, Pfizer, dos dosis, mayores de 12 años. A la derecha, Johnson & Johnson, llamada Janssen, una dosis, de dieciochoañeros en adelante.
Pero ¿por qué habría de hacerlo? ¿No debe garantizar el Estado, su Estado, el Estado de Guatemala, la sanidad de sus habitantes? ¿No paga ya -quiero pensar- suficientes impuestos al año como para asegurarse el acceso al fármaco?
Y ahí es donde te das cuenta de por qué hay una parte de este planeta a la que llamamos “primer mundo”, por qué hay un “tercer mundo” y por qué hay, entre chiste, sátira y cruda realidad, un cuarto y un quinto y un sexto mundo.
Justo nueve días antes yo estaba en la Universidad de San Carlos, en la zona 12 de Ciudad de Guatemala. Recién pasaban unos minutos de mediodía y el centro de vacunación más grande del país ya estaba cerrado aunque debía operar hasta las 14 horas.
“¡Una vacuna! Les imploro, ¡solo necesito una vacuna! Es para mi madre. ¿Cómo van a dejar aquí afuera a una viejita de 91 años? ¡Una vacuna, dennos una vacuna, aunque sea!”
No me gusta dejarme llevar por apariencias, pero la tez blanca, el cabello rubio, los ojos claros y la ropa deportiva de marca que completaban el cuadro de aquella mujer me hacían suponer que pertenecía a la clase media-alta como mínimo. El Mercedes Benz hatchback que conducía reforzaba ese prejuicio en mi cabeza.
No me gusta dejarme llevar por apariencias, pero diría que esa señora es de las que podría costearse el viaje al norte para encontrar una vacuna. Pero ¿por qué habría de hacerlo? ¿No debe garantizar el Estado, su Estado, el Estado de Guatemala, la sanidad de sus habitantes? ¿No paga ya -quiero pensar- suficientes impuestos al año como para asegurarse el acceso al fármaco? ¿No decidieron los desarrolladores de todo el mundo que sus productos los negociarían directamente con los gobiernos nacionales para lograr que la difusión sea la máxima posible? ¿Por qué tienes que salir de tu país para encontrar la solución al problema?
Por la misma razón por la que el campesino se va de mojado o el estudiante se desvive trabajando, o aunque sea soñando, por una beca para cambiar de salón de clases y de país de residencia.
Esa señora hizo siete horas de fila, y ni siquiera para ella, sino para su madre. Y, al poquito de llegar a su objetivo, a tres autos, nada más, del portón, se lo cerraron. “Ya no hay vacunas”, avisaron a los guardias de turno, por lo que echaron el candado.
Se agarró a la malla, puso cara de angustia (porque tendría angustia de verdad), y gritó. Gritó porque sabe que las vacunas son la mejor solución a un “bicho” que paralizó al mundo y que, ahora, lo ha dividido entre los ricos que se liberan de las mascarillas y restricciones a la vez que sus sistemas inmunológicos se recargan del fármaco; y los pobres que también se liberan de las restricciones, pero porque sus gobiernos han sido incapaces de escudar a la población y sus economías no aguantan ni entienden de cuarentenas.
Una semana después, yo estaba a “tan solo” dos horas de ahí; relativas, porque fueron en avión, cogiendo mi maleta luego de que un oficial cubano con bandera estadounidense em revisara el pasaporte. Luego de que me hubiesen permitido el ingreso con una constancia de ser negativo por covid-19. Luego de haberles contado con cuánta plata entraba a su país. Ahí estaba, haciendo una fila ordenada, en un sitio cerrado, con aire regulado, personal del Servicio Sanitario verificando que nuestro formulario estaba correcto.
Te dan un código; eres un código. Tu vacuna tiene un código. Ambos quedan ligados, para siempre, porque un paciente es una vacuna. Te pinchan, te observan, te liberan, literalmente; sales del aeropuerto y las mascarillas ya no son obligatorias en el exterior.
Los decorados tan “typical chapín” de termómetro y dispensador de alcohol en gel a la entrada de casi cualquier recinto ahí son moda vieja.
Hay abrazos, hay besos, hay júbilo. Todo pasó ya.
Es otro mundo. Pero cuán injustos son uno y otro. Porque, cierto, el gobierno de Guatemala le dio la espalda a su pueblo y escupió sobre su cuerpo que se retuerce, pero lo que hace Estados Unidos por quienes hemos podido ir ahí a recibir la vacuna no es algo de agradecer tampoco.
Esa nación llegó a acaparar 300 millones de dosis por encima de las necesarias, algo que le complicaba el acceso al resto del mundo y que les aseguraba tener un incentivo extra para que los extranjeros visitaran sus ciudades más fotogénicas. Miami, por ejemplo.
Y sí, el fármaco es gratis, pero antes le has pagado más de 300 dólares a una aerolínea de ellos, y otros cientos al hotel en el que te hospedas y, claro, tienes que comer, y desplazarte y, ya que estás ahí, a lo mejor te metes a algún museo, o a un parque, a cualquier atracción.
Y eso tiene un costo en verdes.
Es otro mundo. Uno en el que quienes no se han vacunado es porque tienen la descabellada, pero ampliamente replicada, idea de que el fármaco es peor que la covid-19. O incluso peor: de que la enfermedad producida por el SARS-CoV-2 no existe. Un mundo que, de a poco, se reactiva gracias a ofrecer un producto que, en parte por ellos, es una necesidad difícil de satisfacer en otros sitios.
Y mientras, en nuestro mundo, la gente muere. No hay vacunas, y pareciera que tampoco las quieren adquirir nuestras autoridades.
Cuán injustos son.
Cuán injustos.




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