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España: fútbol y bar

  • 4 jul 2021
  • 4 Min. de lectura


Círculos mojados sobre las barras sólidas. Cáscaras de pipa por todo el suelo. “¡Ponme otra caña!”, grita uno. “A mí dame un corto… y pásate los torreznos”, dice otro. La tele, a tope de volumen, y tantos analistas deportivos como el aforo permitido en el recinto. Juega la Roja, juega el equipo de todos. Hay unanimidad de apoyo, pero eso no implica que todos estén de acuerdo en la alineación, o en el devenir del marcador, o en el planteamiento táctico que podría tener el míster.


Suena el himno. Silencio. ¿Silencio? No por mucho.


A falta de letra, los hinchas se arrancan con un “Lo, lo, lo, lo, lololololo” al compás de la Marcha Real. En el estadio ocurre lo mismo. Los jugadores llevan la mirada al cielo. El seleccionador entrelaza antebrazos con su cuerpo técnico. Juega el equipo de todos y él lo dirige, pero justo por eso son los ojos de todos los que están sobre él: los ojos de la Federación, los ojos de los hinchas en el estadio, los ojos de la gente en casa…


…y los ojos de la fanaticada en los bares de todo el país.


Antes de la pandemia, en España había alrededor de 252 mil bares; uno por cada 175 habitantes. Ningún país en el mundo tiene una proporción semejante. Yendo más allá: solo en Madrid (3.34 millones de personas), la capital, hay más bares que sitios que venden bebidas alcohólicas en toda Noruega (5.3 millones de personas).


Juega España. Juega al fútbol. ¿Dónde se iba a vivir, sino en un bar?


-Bro, yo lo que no entiendo es que ha hecho el Luis Enrique con Jordi Alba, joder.


Hacía no muchas horas que había aterrizado en esa urbe que Martín Caparrós bautizó, en sus Crónicas Sudacas, como “la Ciudad Capital”. Al norte de América Latina, en el sur de la Florida. España se jugaba en San Petersburgo el pase a cuartos de final de la Eurocopa contra Croacia, actual subcampeona del mundo y comandada por un hombre que pronto se sentará en el Olimpo, como Luka Modric, mientras yo estaba en Miami.





Juega España. Juega al fútbol. ¿Dónde lo iba a ver!


Obvio que en un bar, o a eso me jalaba mi marco cultural. El balompié, si no es en la grada, se vive en la barra; con amigos y con desconocidos, porque aunque no conozcas a quien se sienta a tu lado, o a quien atiende el garito, sabes que es un hincha, y el lenguaje de la número 5 es universal.


Las sombrillas comenzaban a abrirse y las mesas de las terrazas a llenarse. En la zona peatonal de Lincoln Road, una de las calles más famosas de Miami Beach, los turistas abrían apetito para buscar dónde almorzar. Yo recién había desayunado y tenía hambre de una única cosa: el partido de octavos de final de la Eurocopa.


Ahí estaba, una televisión adentro de un bar. ¿Qué pasaban? El España vs Croacia.


-También ha dejado fuera a Pau Torres, y Sarabia está arriba.


El “bro” al que hacía referencia mi interlocutor no era para mí, sino para su colega, pero igual me metí en la conversación. ¿Por qué? Porque los cuatro (contando a mi hermana) éramos españoles que habíamos hecho lo mejor que se puede/debe hacer para ver a la selección tan lejos de la tierra: entrar en un bar y pedir algo de tomar.


Porque viendo el fútbol no se come; se bebe y se pica.


No era un bar de pueblo ni un pub urbanita, sino una barra americana. No había clientes; los restoranes de al lado se llenaban de a poco. Claro, son turistas. Pero ahí, en donde el que servía las bebidas era venezolano y toda su plantilla eran argentinos, quienes estábamos por ver el partido éramos los españoles.


el lenguaje de la número 5 es universal

Otro país, otro continente, otra (mezcla de) cultura(s)… pero el fútbol, si es de la Roja, hay que verlo como se debe.


Saltan los jugadores al terreno de juego. Suena el himno. Se canta el “Lolololo” en la grada; también en aquella barra americana de South Beach. No entra nadie más al recinto, ni en ese momento ni en los siguientes 135 minutos. Cuatro españoles, ocho ojos viendo al míster. Cuatro analistas deportivos, expertos panelistas, tertulianos del balompié, expertos en ligas europeas y con credenciales más que ganadas en distintos bares y canchas de barrio para dirigir al más alto nivel. O eso pretendíamos.


El venezolano comenzó a dispensar bebidas (agua o jugos, que me acababan de vacunar); los argentinos detenían su faena para ver tramos del encuentro (esa noche jugaba su albiceleste). Incredulidad y algún insulto por el fallo de Unai Simón que le dio el 0-1 a los croatas; cumplidos y declaraciones de amor para con el vizcaíno por sus paradas posteriores. Empató España y se puso por delante. Mi quiniela cuadraba. Seguía la discusión con mis interlocutores, a quienes no conocía de nada y no volví a ver en mi estancia en Florida.


Gritos de “¡Viva España, joder!”, revisión a los cromos legionarios de Ferran Torres y Pablo Sarabia. Elogios a Aymeric Laporte (que se decidió por la Roja antes que por su natal Francia). “¿Quién nos toca en cuartos?” preguntaba uno. “Francia -decía yo- y después Bélgica”. Ninguno de esos países sigue con vida en el torneo.


De repente, hecatombe. Marca Croacia el segundo, y después el tercero. Pita el final. Prórroga; media hora más en la que aquel bar se aseguraba contar con clientes, aunque fuera solo por juguitos de naranja sin azúcares añadidos.


El recontracriticado, e incluso amenazado, Álvaro Morata, metió al 100’. Tres minutos después, Mikel Oyarzabal. 5-3 y ya no habría que llegar a la ruleta de los penaltis. España estaba en cuartos, adonde no llegó en 2016. Segundo partido consecutivo anotando cinco goles. La sele gustaba, Luis Enrique sonreía y, aunque fuera por algo más de dos horas, un bar de Miami se convirtió en el consulado no oficial de España en Estados Unidos.

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