El fútbol ya era súper
- 18 abr 2021
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 30 abr 2021

Prólogo (de lectura opcional)
Para el aficionado en América, hay detalles de la Champions League que le son totalmente ajenos. No me refiero al sentimiento de pertenencias para con los clubes; si algo nos demuestra el fútbol es que no importa de dónde seas, que el equipo al que bancas, si es real el apoyo, va a moverte por dentro siempre.
Siempre.
No, no hablo de eso, sino del ambiente alrededor de los partidos. Y, no, tampoco me refiero al de los estadios, sino al de los pubs, de las tabernas, de los bares, restoranes o, sencillamente, al de los comedores de casa.
Afuera, está oscuro y frío. Adentro, sobre la mesa, una tapa tardía o la cena. Porque cuando Luis Omar Tapia dice aquello de “Noche mágicas” y en América lo escuchamos con el sol de mediodía y el almuerzo en plena jornada laboral, nos desconcierta un poco.
Pero es de noche. La Champions se juega de noche.
Escobar de Campos, León.
Diciembre de 2006.
Escena 1.
Tenía yo ocho años. Temprano para tomar, temprano para apostar, pero a tiempo para gozar de esa pasión irracional por el fútbol que solo un niño que entiende más de escudos y nombres que de estadísticas y reglamentos puede tener.
Era de noche, hacía frío, mucho frío. El 5 de diciembre es, legalmente, otoño todavía, pero en la meseta castellana, para ese momento, hace mucho que el invierno ha llegado a visitar.
Aquel día, el de hace 15 años, lo celebré como si hubiésemos ganado un título.
En la tele sonaba el himno de la Champions. Jugaba el Barça. Mi Barça. El Barça de mi padre y el Barça de mi abuelo. Este, sin embargo, no veía nada claro el partido. Era contra el Werder Bremen.
“Los alemanes siempre ganan”, me dijo el hombre de 70 años parafraseando, sin querer, a Gary Lineker.
“Te apuesto a que ganamos”, le dije yo.
Entraron en juego 10 euros.
Al minuto 13, Ronaldinho hizo magia. Tiro libre, ligeramente posicionado a la izquierda del arquero. Se monta la barrera. Deco y Motta también se posicionan. El balón llegaría con narración portuguesa. El arquero aguarda.
Chuta.
No la ve nadie.
Tim Wiese porque la barrera le hizo un amague involuntario.
La barrera porque les pasó por debajo.
Lanzamiento raso, sin despegarse del verde. Saltaron todos cuando la clave estaba en no hacerlo. Pero, claro ¿cómo te esperas que alguien dispare una falta sin levantar el balón?
1-0.
Cinco minutos después, Ludovic Giuly se la dio a Eidur Gudjohnsen para que hiciera el segundo.
2-0, sí, contra esos alemanes que nunca pierden. En aquel Bremen estaban jugadores como Naldo, Diego, Mertesacker o Klose. Acabaron terceros en liga y al año siguiente segundos. Sin embargo, a partir de ahí, se convirtieron en un equipo de media tabla: a veces 8os, a veces 13os; en la 19/20, incluso, quedaron nada más un puesto por encima del descenso directo, y tuvieron que jugar el repechaje por la permanencia.
Mientras escribo esto, el último resultado que se han anotado es un 4-1 en contra, frente a un Dortmund en horas bajas.
Aquel día, el de hace 15 años, lo celebré como si hubiésemos ganado un título. Qué mas me daba que el Werder Bremen no fuera un panzer con miras hacia el sextete, o que aquello fuera, nada más, una jornada de la fase de grupos; o que, probablemente, mi abuelo me hubiese dado los 10 euros sin poner aquellos 90 minutos de por medio.
Todo eso daba igual, pero no. Porque era fútbol.
León, España
20 de diciembre de 2006.
Escena 2.
-Hola ¿tío? Nada, ¿cuántos os han metido?
Dos semanas pasaban de la Escena 1 cuando mi padre me puso al teléfono a mi tío abuelo. Él vive en Granollers, en la provincia de Barcelona, pero es hincha de toda la vida del Real Madrid.
Y aquel día, su Madrid recibió a unos foráneos Huelva para verse aplastado por el Recreativo.
0-3.
Los Casillas, Cannavaro (reciente Ballon d’Or), Roberto Carlos, Beckham, Raúl y Ronaldo no pudieron marcar en el Bernabéu a un equipo en el que, más allá de un jovencísimo Santi Cazorla, quien destacaba era Sinama Pongolle.
(Por cierto: aquella liga la terminó ganando el Madrid con una debacle final del Barça)
Ciudad de Guatemala.
10 de abril de 2018.
Escena 3.
Cuartos de final de la Champions. En la ida, en el Camp Nou, el Barça le endosó un 4-1 a la Roma. Lo recuerdo perfectamente porque lo vimos en uno de los comedores de la universidad luego de la última clase del día.
Afuera había luz, bastante, porque como expliqué antes, en América Latina el fútbol lo vemos por la tarde.
Bajamos a la cafetería y nos quedamos frente a un televisor que, usualmente, sirve para exponer el menú de ese negocio.
No compramos nada.
Pero estaban pasando el partido, así que ahí estuvimos, pegados como bobos.
A nuestro lado, una rubia que jamás había visto veía con especial interés la tele. Llevaba una gorra del Real Madrid.
Toda esa mística retirada del fútbol, un planeta que se vería degradado a planetoide, pero con la intención de que llegue a tener más brillo que 10 soles.
Cuando la Roma marcó, la escuché decir “bueno, aún hay chance”.
Yo pensé “¡Ja! De ninguna manera”.
El fútbol me dio una bofetada.
Stadio Olimpico, 3-0 y la Roma a semis.
¡Qué remontada!
Capitalismo pandémico.
18 de abril de 2021.
Escena 4.
Era un rumor. O eso nos obligábamos a creer. Porque si el Times y The New York Times publican al unísono la confirmación de que una hipotética superliga estaba en camino, el prefijo “hipo” se pierde, y el “super” habría de estar relacionado, únicamente, con el dinero que los 12 capos del Balompié, S.A. se embolsarán.
Pasaron las horas y salió un comunicado… acompañado por otra docena de ellos, de los clubes que aparecen como fundadores de este asalto a la esencia del fútbol.
Porque no tiene otro nombre, este invento de los mandamases es arrebatarle al hincha el valor fundamental del deporte, ese que emocionaba a un niño en un partido de fase de grupos contra el Werder Bremen o que ponía al Recreativo de Huelva en las portadas del mundo más allá de por su precaria situación económica (que casi lo mata).
Y las escenas que antes planteé son las que son porque yo banco a uno de esos megaclubes/corporaciones, pero lo que perderíamos va mucho más allá.
¿Ubican a José Mourinho? (Digo…) Pues el mote de “The Special One” se la ganó a pulso, a la vez que convertía al Porto en campeón de Europa en una final en la que enfrentaron al Mónaco.
¿Qué me dicen de los Pandiani, Valerón, Fran y Luque que le hicieron cuatro al Milán para poner a Galicia en el atlas futbolero? Aquel SuperDépor, con el prefijo bien ganado, marcó un punto importante para los clubes chicos de la periferia peninsular.
¿Y el Leicester campeón de Inglaterra? ¿El Leeds de Bielsa? ¿El Granada de este año? ¿El Villarreal de 2006? ¿La Atalanta de Gasperini? ¿El Napoli del Pipita? ¿El Sevilla tricampeón de la Europa League? ¿El Schalke de 2011 en semifinales de Champions? ¿El renacer del Ajax, y el Ajax histórico que, indirectamente, me hizo querer al fútbol? ¿El Swansea de Michu?
Toda esa mística retirada del fútbol, un planeta que se vería degradado a planetoide, pero con la intención de que llegue a tener más brillo que 10 soles.
Y, aunque no todo lo que brilla es oro, en este caso sería la plata una de las pocas razones por las que lo haría.
UEFA (y sus ligas top) y FIFA salen a presionar; obvio que por sus propios intereses económicos, que se verían comprometidos.

Como el hincha será el principal perjudicado, queda en manos del hincha detener esto.
A fin de cuentas, un producto solo tiene valor si la gente lo consume.
¿Lo paramos?
¡Suena el silbato!




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