top of page

El miedo, lejos de Helen Keller

  • 18 feb 2021
  • 4 Min. de lectura

"Fear of the Dark", de stuant63 (CreativeCommons)


Aquello me aterraba. Lo quería mucho, claro, pero no me gustaba el paso previo. ¿Qué iba a decir yo cuando lo tuviera de frente? ¿Y si me equivocaba, se acababa ahí toda la operación? Claro que me hacían falta pero, ¿valían el mal trago de la antesala?


En retrospectiva, usar términos como “aterraba” o “mal trago” para describir la pena que me daba entrar a una tienda para preguntar el precio de un par de tenis no solo me parece fuera de sitio, sino que hasta me desagrada, aunque, en un intento de justificarme, yo no tendría más de nueve años.


¿Cuál era mi solución? Mandaba a mi hermana, tres años menor que yo, al mostrador a preguntar. Luego ella me traía el reporte de costos, yo se lo pasaba a mis padres, y era en ese “tribunal superior” que se deliberaba sobre la operación (claro, ellos iban a pagar, como para que no lo decidieran…).


Con el tiempo fueron cambiando los roles. Yo había sido siempre un niño muy sociable, pero preguntar precios me daba una pena tan terrible como incomprensible. De a poco me fui soltando, y mi hermana ensimismando, con lo que el “cotizador oficial” de entre los dos pasé a ser yo.


A partir de ahí, como hermano mayor, fui tomando más independencia y más responsabilidades dentro de casa… y comenzó a fastidiarme que algunos mandados, algunas diligencias, que podía haberlas hecho mi hermana, me las pedían a mí.


Casi siempre protestaba; mi argumento era que “si ella no hace este tipo de cosas, nunca va a aprender, y no va a ser independiente”.


Mi madre respondía que le daba miedo.


¿Miedo?


Sí, eso me preguntaba yo. ¿Miedo? ¿A qué? ¿A que no supiera qué decir al estar frente a un mostrador? ¿A que se equivocara y se acabara ahí toda la operación?


Miedo.


No entendía, así que procedía a obedecer a regañadientes.


Luego mi hermana se sacó el carné de conducir, empezó a ir a alguna fiesta por su cuenta, le asignaron clases por las tardes y las noches…


Miedo.


Mi madre empezó a tener miedo en otros escenarios alrededor de mi hermana.


Escuché a la fiscal de sección de la Fiscalía de la Mujer ofenderse por una campaña en redes sociales encabezada por el hashtag #TengoMiedo.

Y ahí tuve que replantear mis cuestionamientos de puberto insolente.


No me mandaban a mí por meras ganas de molestar. Tampoco pensando en que ella pudiera hacer mal alguna operación (algo que habría sido totalmente absurdo, claro).


Era por miedo. Verdaderamente era por miedo.


Empecé a trabajar; salí a la calle, entré en los números. Escribo esto el 17 de febrero y el Ministerio Público -MP- registra 75 víctimas de femicidio, 950 víctimas de violación sexual, 7 mil 920 mujeres que han sufrido algún tipo de violencia… y las cifras siguen.


Escuché al subdirector de la Policía Nacional Civil -PNC- decir que "el acoso no es un problema en Guatemala", y a la fiscal de sección de la Fiscalía de la Mujer ofenderse por una campaña en redes sociales encabezada por el hashtag #TengoMiedo.


Porque, en este país, las mujeres tienen miedo. Lo veo. Lo percibo.


¿Lo siento? No, al menos no de la misma manera.


Cuando comencé a leer los microrrelatos encapsulados bajo esa etiqueta en Twitter, me di cuenta de que yo también tengo miedo, pero no de algo, sino POR alguien; por mi madre, mi hermana, mi mejor amiga; miedo por ellas y por lo que pudiera pasarles.


Entonces no, definitivamente no siento ese miedo de la misma manera.


Recordé, entonces, la historia de Helen Keller, ciega y sorda desde los 19 meses y que, a pesar de ello, llegó a titularse en el Radcliffe College de Harvard, escribir varios libros y ser una figura de peso dentro de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles.


Todo eso a comienzos del siglo XX, con las complicaciones que eso supone.


Sin ojos ni oídos a su servicio, no podía percibir como los demás, pero sí logró expresarse de la misma manera, porque su maestra Anne Sullivan encontró la manera de que, a través de otras vías permitidas por su cuerpo (como el tacto) pudiera sentir, en su cabeza, cómo era el mundo que la rodeaba.


Cuando comencé a leer los microrrelatos encapsulados bajo esa etiqueta en Twitter, me di cuenta de que yo también tengo miedo, pero no de algo, sino POR alguien.

Habló y escribió para contarnos sobre esas cosas que ni veía ni escuchaba.


Pero sí sentía.


La cuestión es que el miedo es distinto.


Porque salir al bulevar a por pan a las 6 p.m. no es un acto temerario de mi parte… pero sí si lo hace mi hermana. Y yo eso, aunque pueda escuchárselo, no lo puedo sentir.


Porque volver del trabajo después de las 10 de la noche no es coquetear con la muerte por mi parte… pero sí para mi mejor amiga. Y yo eso, aunque pueda escuchárselo, aunque la acompañe para intentar “insuflar confianza”, no lo puedo sentir.


Porque si al entrenar paso corriendo junto a una mujer, la reacción de ella, casi siempre, es un brinco de susto, cosa que no suele pasar con un hombre, y que tampoco me pasa a mí.


Y veo los ojos de miedo, escucho las anécdotas de terror, y temo por ellas… pero sé que si estuviera yo en el mismo escenario que ellas, no tendría la misma sensación.


Porque no siento el miedo de la misma manera.


Y ese es el problema.


La calle jamás me enseñará cómo se siente, y los despachos tampoco, sobre todo en un país en el que solo el 80% de los legisladores son hombres, la Comisión de la Mujer la dirige un hombre, y la fiscal general se jacta, a través de una subordinada, de ser la “mujer más valiente del país”, resguardada, claro, tras un muro millonario de guaruras y coches oficiales.





Estamos muy lejos de emular a Helen Keller.


Y eso me sabe muy mal.

Comentarios


© 2023 by Train of Thoughts. Proudly created with Wix.com

bottom of page