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Ernestina

  • 7 may 2021
  • 3 Min. de lectura

"Vengo por los que aún trabajan", dice esta señora mayor el 1 de mayo. Foto: F. Garrán

Chicago es el musical, los Medias Rojas y aquella peli de Brian de Palma en la que de Niro hacía de Capone y Morricone no-ganaba, otra vez, el Óscar.


Pero Chicago, en América Latina, también nos suena, a la siniestra, por las protestas del ’68; a la diestra, por el experimento fallido y catastrófico que “sus muchachos” hicieron con la economía y el sistema social de Chile.


Y a Chicago, en casi todo el mundo, la ignoramos a pesar de la Revuelta de Haymarket, de 1886, en la que los obreros de la segunda ciudad en peso económico de los Estados Unidos se fueron al paro revindicando una jornada laboral de 8 horas. Miles de personas se volcaron a las calles los primeros días de mayo en apoyo.


Hubo disparos, heridos, muertos… a cinco alemanes, dos gringos y un inglés se les condenó a la pena capital. El propio José Martí, revolucionario cubano, lo relató para el diario La Nación de la Argentina:


“Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos”.


Tres años después, y en memoria de esos proletarios de Chicago que lucharon, se hirieron e, incluso, murieron por los derechos de la clase obrera, el Congreso Marxista Internacional adoptó el 1 de mayo, día en que comenzó la protesta, como la fecha para conmemorar a los obreros de todo el mundo.


Eventualmente se extendió por casi todas las naciones hasta llegar a ser asueto oficial por el Día Internacional del Trabajo.


Un día de conmemoración por la lucha de aquellos que daban su recurso más valioso: el tiempo, la vida, a un sistema capitalista que los veía como instrumentos descartables nada más.


-Buenas luchas se pelearon ahí. Buenas luchas peleamos.


Si el 1 de mayo de 2020 fue triste porque tuvo por común el encierro, el dolor, el luto y la desesperanza, el 1 de mayo de 2021, al menos en Guatemala, fue todavía más triste.


No había encierro, y restricciones casi tampoco. Cayó en sábado, y en plena crisis económica, social, política y, por qué no, moral (¿acaso alguna vez no estuvimos así?). Los sindicatos convocaron a manifestarse, los sanitarios marcharon por el Centro Histórico, los colectivos universitarios se organizaron en redes…


…y cuando más concurrida estuvo la Plaza llegó a albergar a unas 350 personas. Nada más. 350.


-Hace mucho que yo ya no trabajo, pero vengo a protestar por los que todavía lo hacen, porque hay que ganar esa lucha también.


No es porque la Plaza de las Niñas sufriera de alopecia; aún si hubiese estado cual lata de berberechos habría advertido su presencia al instante.


Pequeña, pero no encorvada. De gafas. Con la sien plateada por las nieves del tiempo (que diría Gardel). Las manos al frente y el espíritu altivo, porque cuando llegaba la gente al coro de “El pueblo, unido, jamás será vencido”, levantaba su puño izquierdo y la voz central.


Alrededor del cuello, y sobre casi todo su tórax, una bufanda.


Rojinegra.


Con un rostro.


Y un nombre.


Guevara.


Antecedido por “Che”.


No diré su nombre, porque no hace falta. Pero sí cuento su historia, porque desde muy, muy joven trabajó de conserje en el Hospital Roosevelt, y luego en el Organismo Judicial.


El primero acoge hoy a muchos convalecientes por covid-19. El segundo es la viva muestra de lo convaleciente que está nuestro Estado.


-Buenas luchas se pelearon ahí. Buenas luchas peleamos.


El 1 de mayo es un día de conmemoración, de reivindicación. De lucha y reconocimiento al esfuerzo. Pero la Plaza no lo mostraba.


Al contrario, las fotos que mi compañero, enviado especial, nos pasaba desde la autopista hacia Puerto San José, hacia las playas del Pacífico chapín, eran las del apuñuscamiento propio de los festivos prepandemia. Largas filas de autos con un mismo destino: el abandono de las medidas de seguridad sanitaria.


Claro, un día antes el presidente Giammattei levantó todas las restricciones.


El día de lucha, con frentes abiertos por doquier, el pueblo decidió tomarlo como jornada de ocio. De más de ocho horas, eso es seguro. Un día de inhibición y de disociación con la realidad de un país en el que no se han comprado vacunas, la Corte de Constitucionalidad quedó montada a placer de los grandes poderes que se ven coludidos en el Ejecutivo y el Congreso.


Pero esta viejecita, que no es de Mozambique, decidió ir a la Plaza, con su bufanda del Che, las causas de antaño, la preocupación por el futuro y el coro de una canción en mente.


No diré su nombre, pero me gusta llamarla Ernestina.

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