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Felicità, tà, tà! y otras verdades universales

  • 12 jul 2021
  • 3 Min. de lectura


Decía Gary Lineker que “el fútbol es un juego simple, juegan 11 contra 11 y siempre gana Alemania”, y tan cierta es esa constante que a veces falla, y en la presente Eurocopa, cuando su país se enfrentó a los germanos, la bandera que se alzó fue la de San Jorge. Porque en la vida hay frases que describen cosas que ocurren siempre, y cosas que, de tanto ocurrir, el día que no lo hacen nos dejan sin palabras para describirlas.


Que “para hacer bien el amor hay que venir al sur” es algo que sabemos de sobra; si no, el Mediterráneo no estaría lleno de gente blanca y rubia de Escandinavia o el centro de Europa; ni las playas del Caribe de morenos que viajaron hasta ahí a pesar de tener en casa su Mare Nostrum.





Que una de las grandes reinas de la alegría es Raffaella Carrà también es harto sabido; pero que pudiera haber un mundo sin ella es algo, sencillamente, inconcebible. Tanto así que aún no ocurre, en realidad. Al día siguiente de morir, España e Italia se enfrentaron en las semifinales de la Euro, y las tapas del partido tenían por constante palabras como Felicità o Fiesta!, con acento italiano, sí, pero no porque la Azzurra se hubiere llevado el encuentro. Si los de Luis Enrique se hubiesen clasificado a la final, también habríamos leído esos titulares con el cantadito de la Carrà.


Sabe también todo el mundo que los italianos ganan tandas de penaltis (menos en cuartos de 2008), por eso el heroísmo de Unai Simón no fue suficiente para batirlos.


Que los ingleses, en cambio, las pierden es también de dominio público (pregúntenle a Southgate, si no). Con lo cual, que en la final quedaran segundos no es de extrañar.


(Saben contra quién era ¿no?)


El partido del domingo en Wembley estaba llamado a ser una fiesta: público a mitad de capacidad (45 mil) en un evento deportivo, masivo, en uno de los sitios más afectados por la pandemia en Europa. ¿Emociones garantizadas? Denlo por hecho. Pero también es verdad que, lamentablemente, la cultura futbolística inglesa no se puede entender ni explicar sin hablar de los hooligans.


Abrió el estadio y dijeron “¡Presente!”





Por otro lado, este torneo fue tan bueno, tan brutal, tan espectacular, que nos dejó por escrito historias que nadie habría firmado de antemano. Suiza como caballo negro; una Francia plagada de estrellas y con la Copa del Mundo bajo el brazo que jamás se enteró de qué iba esta competición; España plantándose en unas semifinales a pesar de la polémica convocatoria, el positivo por covid-19 de Busquets y la poca simpatía que generaba Luis Enrique entre la prensa.


A Países Bajos (que no Holanda) no los esperábamos caer tan pronto, aunque eso solo confirmó la opinión de José Mourinho sobre el seleccionador Frank De Boer.


Portugal pintaba tan, pero tan bien, que quienes no entendieron su propia obra fueron ellos. Gareth Bale demostró que sí recuerda cómo se juega al fútbol, un lenguaje que domina mejor que el castellano.


¿Pequeñitos en el centro del campo italiano? Eso es nuevo. ¿Y encima juegan a la posesión de balón? ¡Vaya! ¿Seguros que esa no era España?


Y es que así fue; de principio a fin, quien mejor jugó fue Italia, y el hueso más duro que tuvieron que roer fue una España en cuyo fútbol está, evidentemente, su inspiración.


Eso hay que celebrarlo y aplaudirlo.


Los ingleses, por otro lado, mantuvieron a un seleccionador que ha enseñado pocas luces, que se dejó a sus jugones en el banquillo durante todo el torneo y que, encima, cometió la payasada sin gracia de guardarse dos cambios exclusivamente para que lanzaran en los penaltis.


Ambos fallaron.


Para más inri, le dejó el definitivo a un chico de 19 años que apenas tuvo que sudar la elástica nacional durante la Euro. Tenían todas las de perder, y le dejó el marrón final a quien menos culpa y más inocencia tenía.


Pero es que eso es el fútbol. La Eurocopa más emocionante que recuerdo, además de sus cambios de guion, nos dejó historias que ya sabíamos, pero que nos gusta ver plasmadas tantas veces podamos. Ganó quien mejor jugó. Perdió quien peor apostó. El “It’s Coming Home”, tan pegadizo, podrá mantenerse como himno porque las copas siguen sin desembarcar en Dover.


Incluso aquello de Lineker sostuvo mucho de cierto; porque no ganaron los alemanes, es verdad, pero perdieron los ingleses, algo implícito en su adagio.


Y si 24 selecciones arrancaron el torneo, 23 se sintieron victoriosas con el fracaso de la Pérfida Albión, que sufre un desprecio histórico y colectivo de siempre sabido.


Y justo por eso, luego de Wembley, se escuchó la Felicità, con acento italiano; pero no solo en la patria de Raffaella o en su segunda casa que era España, sino en toda Europa.

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