Franco y tirador
- 26 mar 2021
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Actualizado: 30 abr 2021

-Buenas armas cargaba yo.
No era el protagonista de mi cobertura. No será el protagonista de mi reportaje. Creo que ni siquiera es el protagonista de su propia vida.
-Ah, sí, yo estuve en el Ejército.
Complicado de sospechar. Pantalón ajado, aunque seguro le quedó siempre grande. Debía ser usado. Sandalias de goma, carcomidas por la humedad, agujereadas por los clavos y cristales del suelo, mordidas por Rambo o por Manchas.
O por los dos.
Camiseta… la camiseta le cubría, que es para lo que está hecha. En el pecho llevaba una marca de alguna empresa estadounidense. Era gris, como sus uñas, las de las manos y de los pies.
Renqueaba para andar, aunque, claro, el entorno era tan desigual que a lo mejor no fuera ese su paso natural, sino al que su cuerpo se amoldó.
Claro, solo seguían órdenes.
-¿Y en qué época estuvo usted en el Ejército?
-Uyyyy, allá por mil novecientos ochenta y tres.
1983. José Efraín Ríos Montt, general huehueteco, era dictador en Guatemala. Con él se implementó la práctica de tierra arrasada por parte de las fuerzas armadas, quienes provocaron el genocidio en el Triángulo Ixil.
Fue el período más cruento del Conflicto Armado Interno.
-¿Y de dónde es usted?
-Ah, de Izabal. De Río Dulce.
Nebaj, Cotzal y Chajul, con sus nombres de santas y santos por delante (María, Juan y Gaspar) fueron la zona más afectada, pero no la única. Los mal llamados “polos de desarrollo” que, en realidad, eran campos de concentración al estilo tropical, se extendían a lo largo de la Franja Transversal del Norte.
Y esta toca Izabal.
Campesinos, niñas, niños… fueron asesinados. Las mujeres también, pero antes violadas. Los horrores que Europa conoció cuatros década antes se replicaban en la selva de montaña guatemalteca.
Hubo genocidio y, en muchos casos, la matanza se dio entre hermanos.
Claro, solo seguían órdenes.
Ríos Montt fue declarado culpable… luego el juicio se declaró nulo. Y murió, un 1 de abril.
El conflicto no estaba olvidado, sino oculto y/o sepultado, como muchas de sus víctimas.
-Yo puedo hacerle un torniquete… ¡pero en el cuello! Jajajaja
Le hizo gracia su propio chiste. A mí me asustó un poco. Sobre todo porque en su risa no se veían rasgos de comedia; acaso añoranza, acaso malicia.
Mi compañero se había picado con un clavo oxidado que sobresalía de una tabla vieja. Aquello era un cementerio de autobuses que se resistían a desaparecer de las vías, pero que la pandemia y las autoridades municipales les habían vedado el retorno al laburo. Eran las “camionetas rojas”, ahora pintadas por ese naranja cobrizo que el oxígeno provoca en los metales.
-Yo me gradué de enfermero militar- me había dicho nuestro no-protagonista. Y decía la verdad, porque me mostró una foto en la que portaba un gafete blanco con una cruz en rojo, su uniforme de camuflaje y un fusil cuyo modelo no recuerdo (ni reconocería; no tengo ni puñetera idea de armas, jamás jugué al Call of Duty) en un campo marcial de las Verapaces.
Le dije “ayúdame con mi compañero, entonces”, y fue cuando me soltó esa frase con extraña sorna.
Quizás era un chiste de verdad, y yo no lo pillé.
Quizás la verdad le parecía más simple que un chiste, y decidía hablar siempre lo que se le venía a la mente. Franco.
Durante nuestro safari entre la chatarra urbana no paró de preguntarme; por el dron, por la cámara, por cómo escribir y cómo cuestionar (aunque creo que esto lo sabía empíricamente). Eso me agradó. Pregunta tras pregunta, y no paraba de tirar.
Pero el chiste me desconcertó.
-Mirá. Buena arma cargaba yo. -Guardaba fotos de todo. Bueno, las había digitalizado, porque las portaba en su smartphone. Mismo uniforme, mismo fusil. Ahora aparecía solo en escena.
-Yo era francotirador.




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