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Homo betún

  • 21 feb 2021
  • 4 Min. de lectura

Los partidos entre los niños lustradores son una escena típica de Guatemala. Foto: Felipe Garrán
Los partidos entre los niños lustradores son una escena típica de Guatemala. Foto: Felipe Garrán

-¿Va a hablar, o no?.


-Eso no te lo puedo decir, y menos acá.


Aquel final de 2018 fue de meses muy convulsos en el país; Jimmy Morales, entonces presidente, había defenestrado a la Comisión internacional contra la impunidad en Guatemala -Cicig-, para lo que tuvo que “enfrentarse” al propio António Guterres en la sede de Naciones Unidas en Nueva York.


Se acercaba el último año de su mandato. En enero cambió a su ministro de Gobernación para colocar a Enrique Degenhart, con quien se desarmó, casi al completo, la estructura de la Policía Nacional Civil -PNC-.


En septiembre, Gabriel Aguilera asumió el mando en la cartera de Trabajo. Hoy es uno de los magistrados del Tribunal Supremo Electoral que pretende permitir algunas formas de transfuguismo.


También se sumó al Gabinete Víctor Martínez, en Finanzas. En 2020 fue ligado a proceso por fraude en un caso de financiamiento electoral ilícito del Partido Unionista.


Luego, en noviembre, llegué yo, aún como imberbe, a hacer mis prácticas de Periodismo en Televisión a un canal privado de Guatemala. Uno de esos días, me tocó trabajar con el reportero político, a cargo de ver, entre otras cosas, el entorno del presidente.


Y si había un río revuelto por entonces era, precisamente, el que cruza Casa Presidencial por la mitad.


-¿Va a hablar, o no?.


-Eso no te lo puedo decir, y menos acá.


El que nos hablaba era Alfredo Brito, secretario de Comunicación de Jimmy Morales. “Acá” era, quizás, el sitio más insospechado para tener una conversación con un alto funcionario sobre la agenda del más alto de los funcionarios.


El banquillo de un lustrador.


Plaza de la Constitución. Media mañana, sol completo. Junto a las carretillas de shucos y otros platillos de fritanga, que sirven tanto para desayunar como para merendar y/o almorzar, los lustradores del centro del Centro Histórico se instalan con humildes sillas de plástico bajo la sombra de los pocos árboles que aún quedan en la zona y que les sirven, además, de clóset y casillero.


...si hay una cosa que rompe la barrera de las clases socioeconómicas y el abismo de los contextos laborales y habitacionales en Guatemala es el colectivo de los lustradores.

Y ahí estaba el secretario de Comunicación del presidente con el sueldo más alto de América, viendo cómo un chavalín, que no debía llegar a los 18 años aún, sacaba brillo a sus zapatos (Ferragamo, quizás) entre notas de marimba y el aroma de las extravagantes granizadas saladas (y picantes, ácidas y amargas) tan típicas de la capital chapina.


Pero es que, a su lado, quien ocupaba la otra cabina descampada era, precisamente, uno de los dueños de alguna de las carretillas que son más chatarra que la propia comida que sirven.


Así estaban: un peón de la gastronomía que vende panes a diez pesos junto al hombre que portaba la voz del presidente Morales por un sueldo de más de Q35 mil al mes, pagando por el mismo servicio, recibiendo el mismo trato.


Y es que si hay una cosa que rompe la barrera de las clases socioeconómicas y el abismo de los contextos laborales y habitacionales en Guatemala es el colectivo de los lustradores.


Acompañados siempre por su caja de madera con un asa tallada para servir de base para los zapatos (y que suele hacer las veces de poste para las porterías de las chamuscas que juegan en su rato libre); las manos tintadas de betún; el desconocimiento de qué es una camisa limpia (al menos a partir de que arranca su jornada) y tarifas que pueden pagarse con un billete rojo o uno azul, como mucho, los lustradores atienden a todo tipo de personas en una capital que aún se mantiene en la frontera de lo urbano y lo rural; lo colonial y lo moderno que nunca se actualizó.


Porque (casi) todos gastan zapatos lustrables, pero a (casi) nadie le gusta ponerse, por cuenta propia, a la tarea de sacarle brillo a la prenda que más cerca está de la mugre y más lejos de la vista, pero que tiene que brillar en todo momento según las normas sociales que nos rigen.


Las normas sociales del homo betún.


Así, en la puerta del edificio donde trabajo, se detienen por unos minutos el guardia, el gerente, el ilustrador y el cuidador del parqueo de en frente, porque un hombre que hace ya un par de vidas que debió jubilarse continúa abrillantando calzado con tal de no jubilar la poca vida que aún le queda.


Junto al Congreso, el diputado tránsfuga, el ministro interpelado y el repartidor de Glovo pagan los mismos diez quetzales por devolverle un poco de su aspecto original a sus ya gastados, en distintos terrenos, zapatos.


Porque (casi) todos gastan zapatos lustrables, pero a (casi) nadie le gusta ponerse, por cuenta propia, a la tarea de sacarle brillo a la prenda que más cerca está de la mugre

Porque en esta ciudad no importa si son unos mocasines italianos, unos básicos salvadoreños o unas botas verapacenses, es muy probable que la misma pasta y el mismo cepillo los lustren, en manos de las mismas historias de vida ennegrecidas por la necesidad y el betún.

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