Relatividad campureña
- 30 dic 2020
- 5 Min. de lectura
Actualizado: 22 ene 2021

Las autoridades sanitarias dirán que es de color naranja. Chaac, que es turquesa. Mis botas, que más bien es marrón.
A los locales, en cambio, se les pinta violeta nostalgia o negra desesperanza, aunque la verdad es que todos los colores pierden el sentido cuando se funden en la sucia agua de la laguna de Campur.
Sí, laguna. Porque, aunque en los papeles sea una aldea, en la práctica se ha convertido en un cuerpo de agua. Eta, que a este lado del Atlántico fue un huracán y no una banda terrorista, pero que tuvo un resultado igualmente fatal, tocó suelo guatemalteco el 5 de noviembre; era jueves, se cerraba ya la semana del fiambre, la covid-19 seguía siendo la principal amenaza… y se ensañó con Alta Verapaz.
“Llovió en un día lo que tenía que haber llovido en un mes”. El geólogo de la Coordinadora Nacional para la Reducción de Desastres -Conred- desayunaba en San Pedro Carchá, uno de los municipios más grandes y ricos de Alta Verapaz, y al cual pertenece Campur, antes de iniciar su gira. Era jueves, otra vez, y aunque Eta quedaba ya “solo” como un recuento de daños, su gemela Iota decidió seguirle el paso. Otra vez el norte y el oriente de Guatemala quedaron sumidos en la tormenta y, hablando más en tono de cliché que de adagio, llovía sobre mojado.
Sobre mojado y hundido.
En un país en el que las distancias se miden en horas más que en kilómetros, Campur queda a unos 45 minutos en auto de doble tracción de su cabecera municipal: San Pedro Carchá, eterna némesis de la cabecera departamental, Cobán.
Si uno teclea “C-a-m-p-u-r” (sin guiones, que nada más los coloco como alegoría del rítmico movimiento de dedos) en Google, es fácil formarse una gráfica mental de cuál ha sido la relevancia de la aldea a lo largo del tiempo; toda la primera página son noticias sobre el Armagedón que les cayó aquel quinto día de noviembre; al pasar a la segunda, un cambio: cardamomo.
Inauguran cosecha de cardamomo en Campur
Un personaje que ahora parece muy lejano tiene su nombre inscrito en la segunda línea de la nota colgada por el Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación -Maga- tras el título de “presidente”: Jimmy Morales. El titular es de octubre… de 2016; día 17. Es lo segundo más relevante que le ha pasado a Campur en los últimos años según el algoritmo del buscador web de Alphabet; un cultivo que le genera muchos millones a Guatemala provenientes del gusto que tienen en el Golfo Pérsico por añadírselo al te y al café.
El problema está en que esas cosechas y, sobre todo, quienes las trabajan, han quedado bajo el agua.
Tras un trayecto sinuoso y bajo el cobijo del chipichipi verapacense, una lluvia con denominación de origen, estacionamos el picop. Seguimos en terreno alto y, mientras descendemos del auto, decenas de personas suben andando la cuesta, acompañados de mantas, alguna hielera, ropa de abrigo y desolación en la mirada.
Sus cuerpos no quedaron bajo el agua, pero sus vidas, o al menos aquello sobre lo que las habían cimentado, sí. Salían de la laguna de Campur hacia el mar de la incertidumbre, cuyo primer puerto es un puesto improvisado por el Ministerio de Salud un par de kilómetros afuera de la aldea.
“Acá tengan cuidado; la gente es pólvora, y cualquier miradita que hagan lo pueden tomar mal. Acá les salen con machete”. El fotógrafo de la municipalidad era nuestro guía y nuestro rompeolas. Al pisar el patio del concejal, en donde nos permitieron dejar el auto, nos lanzó la advertencia; claro, nosotros íbamos como alienígenas capitalinos sin mayor información sobre Campur que aquella sobre los desastres de las últimas semanas (Google da fe de ello) y con ropa especial para una aventura como aquella, y ellos… ellos tenían una mochila de problemas en la espalda mientras intentaban nadar fuera del atolladero en que estaban (están) sumidos.
La estrategia, sin decírnosla, la montamos bien entre los tres foráneos: saludar amablemente y con una sonrisa a todo el mundo.
“¡Buenos días!”
No estoy seguro de qué tan buenos pudieran sentirlos, pero al menos procurábamos que, con nuestra presencia, no fueran peores.
“¡Buenos días!”
Nos contestaban con igual o mayor alegría. Por un momento, la desesperación daba paso al brillo que solo la felicidad otorga a los ojos, y en sus bocas se dibujaba una sonrisa.
Porque, aunque ellos no vieran las nuestras, nosotros sí podíamos ver sus bocas.
“Nosotros somos indígenas, nuestra sangre es resistente” -Manuela, vecina de Campur
Porque, aunque su municipio está en color naranja según el semáforo epidemiológico y el acceso a la atención primaria en sanidad no es algo de lo que puedan presumir (y con lo que casi, casi que ni llegan a soñar) las mascarillas no estaban incluidas en la indumentaria cotidiana campureña.
¿Covid? Eta, papaíto, Eta…
¿Dónde estaba esa hostilidad de la que nos hablaban? “¿Es por la situación, o es que ellos son así?” Le había preguntado yo al guía-fotógrafo-guarura-touroperador. “Es su carácter; siempre han sido así”, fue su respuesta, pero en ese trayecto de 200 metros desde el estacionamiento hasta LA ceiba no vi pruebas que lo sustentaran.
(Luego nos enteraríamos de que, a través de los años, Campur ha intentado independizarse para formar un municipio propio, con lo cual, desde el gobierno edil no los tienen la mayor de las estimas que digamos...)
Esa ceiba marcaba un punto de referencia muy importante en ese momento: habitualmente, es el comité de bienvenida a la aldea; ahora, la señera de la última calle caminable.
Un par de cuadras más allá, agua.
De repente, la gente se nos acercó por todas partes: nada de mascarilla, nada de distanciamiento, nada de nada y, aún así, un nuevo todo: el verde esperanza que parecía pintarse a su alrededor. Muchas veces, los micrófonos, las plumas y los chalecos de prensa tienen un poder que solo llegan a comprender sobre quienes se va a hablar en los medios; ni siquiera los propios periodistas somos conscientes del todo de cuán relevante puede ser un relato.

Para ellos lo era todo.
Nosotros teníamos otra preocupación: la pandemia.
¿Por qué ellos no?
“Nosotros somos indígenas, nuestra sangre es resistente”. Manuela se animó con el castellano, porque casi solo habla q’eqchi’; Manuela levantó la voz para decir lo que casi todos ahí estaban pensando; Manuela reveló lo que de ahora en más llamaré “Relatividad campureña”.
Porque, claro ¿qué es este coronavirus que no vemos, que no nos destruye la casa, que no nos deja en bragas, que no nos corta las pocas vías de comunicación hasta dejarnos aislados, que no acentúa el hambre, que no ensucia el agua potable; que no convierte barrios en canales, plazas en lagunetas y cementerios en precipicios?
Las tormentas, en cambio, hicieron todo eso en Campur, así que, antes que comprar una mascarilla, la prioridad es conseguir la comida del siguiente tiempo, alguna botella de agua y mantas para soportar el frío de la montaña húmeda; y por encima de distanciarse del vecino, hay que echarle la mano, tenderle el hombro y juntar las espaldas, porque para reponerse del paso de dos huracanes hay que tenerlas muy anchas.
Cuando ves una casa convertida en un esqueleto de madera, un salón de estar como balcón hacia el precipicio y una iglesia que solo se identifica como tal porque la cruz, su punto más alto, logró quedar por encima de la superficie del agua, la covid-19 se relativiza.
Y al relativizarlo, se contextualiza.
Porque ambos problemas son imprevistos, pero una previsión general los pudo haber amortiguado. Ahora mismo son la lid diaria de los campureños, pero su solución inmediata está en el pasado…
…y al pasado no se puede volver.
Aunque, claro, el tiempo también es relativo.




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