Señor presidente
- 23 mar 2021
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Alto, piel clara, barba roja y ojos claros. Buena alimentación según su postura y su barriga. La cabeza con entradas y la cartera sin salidas, por lo menos ninguna que le supusiera un desvelo en su habitación allá en lo alto de la pirámide social. Traje lombardo y calzado romañol. Reloj de mecanismo análogo que no marca el tiempo a igual velocidad que el de los otros personajes en la postal.
Porque eso era, una postal.
Una colonial.
El hombre blanco, mozo criollo, heredero euskaldún en tierras americanas, posaba junto a cinco peones del sistema de repartimiento cuya función es mantener el orden y la pulcritud, en apariencia, claro, del edificio del pueblo que, en realidad, solo representa a quienes prefieren verse como capataces de la finca.
De traje, también, aunque de manufactura en cadena, con el logo del Congreso (al que están encadenados) bordado en el pecho. Los zapatos sin lustrar. Normal, lo que debía brillar eran las curules, asientos de pocos ilustres.
Bajos, piel morena y, además, tostada. Cabello liso engominado y ojos oscuros como las oportunidades de crecer que les han dado. Refa en la abarrotería de enfrente; seguro el desayuno también fue ahí. Sin billetera, porque las monedas entran mejor en el bolsillo del pantalón.
El Palacio Legislativo de Guatemala tiene, nada más, dos caras bonitas: la fachada sobre la 9ª Avenida, y el Hemiciclo. Todo lo demás son remiendos o recámaras descuidadas. Salas sin repellar y repellos sin mantener. Muros de tablayeso, escaleras con temblorín; cables que emulan al alambrado de las vías del país y baldosas que no conocen las prácticas de Miyagi.
Si están adentro, no ven la fachada.
Si los diputados están adentro, son un elemento más en el cuadro parlamentario que más parece una reunión feudal.
Pero casi nunca lo logran apreciar en su medida arquitectónica.
Era jueves. Debía avanzar la interpelación al ministro de Gobernación, Gendri Reyes, pero esta ha sido saboteada desde su nacimiento en enero.
A los pocos minutos de empezar la plenaria, se terminó, como si fuera una taza de espresso, aunque esta, más bien, provocaba sueño.
En un rincón, un grupo nutrido de diputados, con los orígenes partidistas más variopintos, aprovechó que las charlas y discusiones suelen ser más fluidas y productivas cuando no hay ni guion ni cámaras de por medio para acordar cómo habría de ser la agenda de la siguiente semana.
-¿No se toma una foto con nosotros, presidente?
De alguna manera es así como se mueven los hilos de este país.
Mientras, a su espalda, turismo patriótico en el corazón de la patria del criollo.
Los ujieres y conserjes, acostumbrados a ver la sala llena, o a prepararla para cuando así estuviera, aprovechaban ese momento de dejadez laboral y falta de compromiso para sacarse fotografías en la mesa de la Junta Directiva, con la bandera, en el centro de la sala y subiendo las escaleras.
Aquel era “su” palacio y, por primera vez en quién sabe cuánto, estaba al servicio de sus ilusiones, y no su desilusión al servicio de este.
Una foto, un clic, voltea el teléfono, ahora en vertical, selfi, haz como si no te dieras cuenta, ponte en pose presidencial, saca pecho, quita esa sonrisa, ahora ponla, no pasa nada con la mascarilla, se ve fea en la foto, apúrate que ahora voy yo, no yo, solo los hombres, ahora solo las mujeres, perate que se la mando a mi mamá, y yo la subo a los estados de WhatsApp…
Pero, en realidad, no estaban solos.
O sea, a parte de mi compañero y yo, había otros dos ocupantes. Una pareja improbable, tanto por sus apellidos y ascendencia, como por el logotipo de bancada y el discurso político que profesan.
-¡Presidente, presidente!
Es verdad, alguna vez ocupó ese puesto, del Congreso, claro, no de la nación.
Su padre sí.
-¿No se toma una foto con nosotros, presidente?
Sonrió en medio de esa barba vasca. Su interlocutor, de aroma más sudamericano, se apartó. El momento rockstar no era para él. Quizás porque no es su estilo, quizás porque, como diputado novel, aún no se ha hecho fama en todas las capas de la sociedad.
-Por supuesto, muchachos.
Photoshoot time!
Pasaron todos al centro; al centro del Hemiciclo, porque al centro de la formación se puso él, el “Señor Presidente”; presidiendo una postal dentro del Congreso del que alguna vez estuvo al frente, y en el que sigue mandando más de lo que aparenta.
Todos juntos.
Todos juntos sin mascarilla.
De uno en uno.
De uno en uno sin mascarilla.
De uno en uno dándose las manos.
Todos son risas y sonrisas.
El criollo y sus empleados. Se sacan una foto. No una, varias. ¿Hay problema? Hay formas. “Señor presidente”, aunque no tiene puesto de ello. Celebridad por la que no votaron. Dandi que tampoco ha velado por ellos. ¿Lo saben? No lo sé.
Pero quieren la foto.
Y el señor presidente se las da.
El hemiciclo queda vacío. Ahora sí. Se marchó Arzú; Arévalo, que vio las fotos sin ser partícipe de ninguna manera, delante de él.
Se fueron los ujieres y los conserjes.
Nos fuimos los de prensa.
Se apagan las luces.
¿Realmente comenzó alguna vez la plenaria? A su manera, sí.
¿Y terminó?
Cuando así lo determinó el señor presidente.




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