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Sin cuentas, pasamos a los cuentos

  • 12 ene 2021
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 22 ene 2021


"Ábaco", de Orient' Adicta
"Ábaco", de Orient' Adicta

Cuentas. Así nos tiramos el 2020, echando cuentas. Cuántos casos nuevos de covid-19 al día. Cuántos fallecidos. Cuántas normas de contención. Cuánto falta para el verano. Cuánto hablan los epidemiólogos. Cuán poco les entendemos. Cuántos políticos piensan como yo. Cuántos tuiteros están en mis antípodas. Cuántos días llevamos confinados. Cuántas semanas. Cuántos meses… Cuántos millones de *inserte la moneda de su preferencia* se han perdido. Cuántos casos nuevos de covid-19 al día. Cuántos fallecidos. Cuántas horas de “libertad” tenemos. Cuántos comercios locales han cerrado. Cuántos goles le marcó el Bayern al Barça (carallo). Cuántas vacunas están desarrollando. Cuánto se han tardado en tenerlas enfrascadas. Cuánto confiamos en la Sputnik V rusa. Cuántos casos nuevos de covid-19 al día. Cuántos fallecidos. Cuánto dinero tenemos, como país, para comprarla. Cuántas podremos adquirir. Cuánto pasará hasta que las gotitas de la jeringa pasen del Viejo Mundo a las repúblicas bananeras…


Y fueron tantas las cuentas, y tan poco claras que, sin darnos cuenta, nos metieron los cuentos.


Pero arranquemos por lo primero, que además se expresa en números y es mucho más sencillo (el 80% de gente con la que estudié en el cole no aprobará esa frase).


Una cifra que asusta: casi 20 años tardamos (¿lo digo en primera persona?) como país en hacer un censo poblacional. Aquella práctica que en la Roma imperial era fundamental para que el César entendiera cuán grande era el orbe que componía su urbe, aquí se dejó en el olvido. Se pasó uno el año en que Brasil ganó el Mundial de madrugada, y no se repitió sino hasta que Francia, ya sin Napoleón, logró ganar en Rusia.


(Dato: Croacia, el otro finalista de la Copa del Mundo 2018, se independizó recién en 1991; o sea, que tiene casi 30 años. La población guatemalteca es tan joven que el 62% no llega a esa edad)


De ese censo sacamos otro dato que asusta: más de 2 millones 775 mil guatemaltecos no han tenido formación escolar de ningún tipo.


Son analfabetas.


En pleno siglo XXI, a poquito tiempo de ser una (¿)nación(?) bicentenaria; más de tres décadas después de que naciera internet, la gran democratizadora de la información global; en el (¿)país(?) con la economía más fuerte de todo un subcontinente… en esas condiciones, casi tres millones de personas, de entre 18, son analfabetas.


Más números que asustan: el año pasado el Banco Mundial enlistó a los países latinoamericanos según el porcentaje de su producto interior bruto (PIB) destinado a educación. Guatemala aparece en segundo lugar… pero por la cola, en un ya acostumbrado “solo superado por Haití”.


Resulta que, con el PIB más alto de Centroamérica, nuestro país le inyecta a educación tan solo el 2,4%. Bien lejos está el 7,4% de Costa Rica (¡Pura vida!), y hasta el 4,3% de Nicaragua (ese país que la derecha siempre usa como amenaza de en qué nos convertiríamos en caso de “sucumbir” ante la izquierda) parece inalcanzable.


Un último número de terror: 2020.


La matrícula del año en que un virus decidió paralizar al mundo, y en el que dos tormentas tropicales, cambiando la dinámica, se dispusieron a mover de pies a cabeza algunas de las zonas más pobres de Guatemala.


Y entonces, todas aquellas cifras macabras que enlistamos sumaron una cuenta con la que uno no cuenta cuando planifica tener un país decente. El 15 de marzo del año pasado, las clases presenciales, a todo nivel, quedaron suspendidas y, de a poco, cada sector fue viendo cómo se las ingeniaba para retomar la marcha en medio del espeso fango de la incertidumbre y la inoperancia estatal.


Los establecimientos privados buscaron cómo trasladarse a la worldwide web; pronto, nombres como Zoom, Teams, Meet aparecieron en el vocabulario de los profesores, Google se convirtió en agenda y mayordomo, y WhatsApp pasó de ser un tormento a ser… bueno, siguió siendo un tormento, pero con utilidad real.


De repente, aquella brecha que todos conocemos, pero que muchos deciden ignorar, comenzó a ampliarse a niveles insospechados.


“Pero es que no es solo entre públicos y privados; también entre los privados más pobres y los más acomodados”. Sonaba bien eso de llevar la escuela a las pantallas y estar todos conectados sin importar el lugar. He visto, durante 10 meses, a mi padre dirigir una primaria completa, a mi madre dar clases a todos los grados se secundaria, y a mi hermana continuar su programa habitual de ingeniería, sin ningún problema desde casa.


Ningún problema más allá del agotamiento mental que supone no salir del encierro dorado, claro.


Pero esa frase que me dijo Diana Brown, presidenta de la Asociación de Colegios Privados de Guatemala, el 11 de enero de 2021 explica realmente qué pasó a lo largo del año en que comenzó la pandemia: la burbuja se sostuvo…


…pero la burbuja no es Guatemala. Es eso, una burbuja que, a medida que se eleva, se va haciendo más chica, más chica, más chiquita… y va extendiendo y extendiendo la brecha que la separa de quienes se quedaron en el suelo (que cada vez son más).


Nuestro país es uno en el que todo el que puede, aunque esa factibilidad sea muy ajustada, opta por lo privado: seguro privado, sanatorio privado, educación privada. No porque estemos en contra del Estado, sino porque el Estado está en nuestra contra y no ha sido capaz de administrar los fondos de modo que los servicios públicos sean de calidad.


Toda la vida estudié en un colegio privado, y no precisamente porque mis padres buscaran un plus que, dicho sea de paso, sí tuve; sino para llenar el básico. La educación pública tiene un rezago tremendo, y suele ubicarse en un entorno que, por otras carencias que ofrece, complica todavía más el desarrollo de los menores.


Una de ellas, el acceso a internet.


En 2011, el acceso a internet fue reconocido como un derecho humano. Un año antes, Costa Rica lo había declarado como inalienable.


En Guatemala, el nivel de penetración de la misma es, tan solo, del 42%.


Los vecinos ticos lo tienen del 87%.


Con la imposibilidad de juntarnos entre personas, las clases se mudaron a internet. ¿Cómo harían todos esos chicos sin acceso a ella?


Las cuentas no dan para llegar a una cobertura educativa tan amplia como debería ser.


Comienzan los cuentos.


“Tendremos clases por televisión”.


Cada asignatura tuvo una hora semanal por grado en los distintos canales estatales.


“Ya tenemos un plan para el retorno”, dijo la ministra Claudia Ruiz en octubre. Sus colegas en la cartera de Salud Pública y Asistencia Social aún no lo aprobaban (ni lo hicieron).


“Hemos trabajado en el remozamiento de escuelas”.


De 10 mil centros educativos públicos que no tenían ni agua ni servicios sanitarios a mediados de 2020, pasamos a 9 mil 824 en enero de 2021.


“Más de 40 mil centros están en municipios que ya permiten alguna modalidad de clases presenciales”.


Un día después de decir eso, el país registró el mayor número de nuevos contagios en una misma jornada.


Y así va la cosa. Diez meses, que haciendo cuentas son casi un año, y el gobierno fue incapaz de idear una forma en la que el flujo de la educación, de por sí precaria, del país retomara su cauce.


Y así va la cosa. Arranca otro ciclo lectivo. El primero que lo hace, desde el comienzo, con el covid-19 como un miembro más del salón, y las dudas sobre cómo se podría (sí, en condicional) trabajar siguen ahí, como el dinosaurio de Monterroso.


Pasan los días, se añaden a la cuenta. Y entre tanto cuento que nos cuentan, cuesta darse cuenta de cuánto daño se está haciendo a toda una generación cuyo intelecto va quedando condenado a la cuneta.

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