Titular de página 4
- 30 abr 2021
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Quienes trabajamos en prensa repetimos hasta la saciedad, y espero yo que lo creamos, que eso que le contamos al resto del mundo les es relevante; que de la tinta que se imprime en esas hojas de papel añejo, o de las tomas espectaculares de dron, la foto del funcionario hartándose un shuco y la legislación, o del stand al borde del precipicio se desprende algo que cambiará el rumbo de sus vidas.
Y puede (puede, eh) que sea cierto. Pero los caminos de la prensa y el amor son caprichosos, y quizás nunca lleguemos a comprender de qué manera puede influir una pieza periodística.
-Fue… li… li ga-do a proceso.
-Ajá.
Ese “ajá” iba cargado del mayor interés en otra persona que uno podría imaginarse; como un niño pequeño frente a una paleta de chocolate; como un guardia de tránsito pescando motoristas en los días previos a Navidad; como un político abrazando infantes en la provincia… o sea, con ese nivel de interés, pero en positivo.
Quien leía no sé si tendría, siquiera, interés en esa brevísima nota sobre un antiguo funcionario de poco pelo y mucha pela que se había pasado muchas tardes del pasado reciente en una sobrecalentada sala de la Torre de Tribunales, a pocas cuadras de este nuestro cuadro.
Lo que sí tenía era una habilidad que su acompañante de aquella calurosa mañana de abril-casi-mayo no: sabía leer.
los caminos de la prensa y el amor son caprichosos
Triste, preocupante. Te cabrea… pero es que, en Guatemala, el 21.7% de las mujeres son analfabetas.
El lector, lustrador de oficio, en cambio, aparece en ese 85% de hombres que sí tienen algún grado de competencia en lectoescritura.
Por eso el periódico lo tenía él.
Y el interés, ella.
A él lo veo todos los días; trabajamos, de alguna manera, en el mismo edificio. Yo adentro, en la segunda planta.
Es curioso, por sus manos pasan zapatos de toda clase: bien sean unos mocasines italianos en el pie de un ejecutivo, bien sean las botas verapacenses del guardia que trabaja a un par de calles, en una casa de empeños. Y a todos les presta la misma atención, les da la misma dedicación y cantidades más o menos pares de betún.
Pero a ninguno como esos minutos en los que la vendedora ambulante de frutas aparcó su carretón de madera, se sentó en la banquita de plástico y escuchó el judicial relato.
Definitivamente una condena que les afecta. Pero para bien, porque aunque jamás llegarán, siquiera, a soñar con las cantidades impresas en numeritos negros en aquella página 4, lo que logró ese juicio fue darles la excusa perfecta para compartir un trocito de humanidad.




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